Coaliciones y acuerdos

La tesis sobre la conveniencia de las coaliciones se actualizó en nuestro medio cuando se acabó el bipartidismo. La realidad política emparejó las tres colectividades y es obvio que el que ganara electoralmente quedaba en minoría en las cámaras. Es un simple resultado matemático realista. Claro, las coaliciones, de hacerse, deberían, y digo «deberían», entre partidos histórica y filosóficamente afines teniendo en cuenta el buscar soluciones para el progreso y bienestar de la nación y no en el reparto de cargos para acomodar a la «muchachada» que quedó afuera.

Nuestro partido se jugó a esas coaliciones con el coloradismo, que, consciente de su carencia de mayorías necesarias, en sus dos últimos gobiernos ofreció la participación correspondiente a cambio no sólo de la gobernabilidad sino también de repartir responsabilidades en los fracasos. O sea, cuando estaban los aciertos eran logrados por Julio María y sus ministros, cuando sobrevenían las crisis era el resultado de decisiones adoptadas con los blancos. Situación cómoda para el batllismo y poco elegante para nosotros. Máxime si, para que esto funcionase, hubo que sufrir de una amnesia «agudísima» en materia histórica. Nunca falta un blanco que se acuerde de los crímenes, traiciones y canalladas de colorados en perjuicio de los nacionalistas durante ciento sesenta y cinco años. Pero, ante los hechos consumados de participar en ministerios, embajadas, entes y afines, hizo que la memoria sufriera de lagunas «recordatorias» y esos huecos se rellenen con argumentos pintorescos como el de las «familias ideológicas», «alambramiento de campos» (de un lado los buenos, nosotros, y del otro los «malos» que son los demás…), etcétera. Este, simplificando, fue el esquema de los últimos años. Pero la temática política es cambiante y, como en el ajedrez, siempre hay variantes. Sorpresivamente sobrevino una. Al arquitecto Arana se le ocurrió invitar a los partidos opositores a su gobierno departamental, a participar en su gabinete con nombres designados por ellos. No en cuotificación política sino con gente blanca o colorada que conozca los problemas comunales y puedan ser útiles a la misma. O sea, no un reparto. Si mal no entendí, es una invitación a participar con gente idónea en la administración comunal para servicio eficiente de la comunidad. Sin alambramiento de campos ni afinidades familiares ideológicas. En buen romance, el intendente no haría responsables a los partidos opositores de sus fracasos o aciertos porque alguna individualidad que no pertenece al EP integre su gabinete. A lo sumo, en el área específica que le quepa a ese jerarca designado podrá atribuírsele responsabilidad. No más. El éxito o fracaso de Arana no podrá atribuírselo a nadie por la participación «escueta» de algún blanco o colorado. Es, a mi entender, abrir la «cancha comunal» de manera tal que no se interprete que Montevideo o es el coto de caza frentista y de nadie más. Como estrategia me parece acertada. En el departamento, aunque las mayorías, como es obvio, mandan, también existen las minorías con sus derechos y buena cosa es que en los hechos las mismas tengan no sólo el control sino hasta determinadas responsabilidades de ese tipo limitado en el gobierno.

En definitiva, esta invitación de don Mariano no encaja en la idea de «coalición», como se entiende últimamente por estos lares, sino en un acuerdo práctico donde los controles se reparten con la oposición. Hasta acá, macanudo. La pregunta que se cae es lo que van a hacer colorados y el Honorable.

Los batllistas, que tienen el gobierno nacional y no le han dado a la Intendencia ni un «maravedí» entre otras cosas, si aceptan participar deberán mostrarse más generosos –que nunca fueron– y abrir las compuertas económicas a don Mariano. Cosa que dudo. El problema lo tiene el Honorable Directorio. Allí las cosas no están tan claras. El presidente, don Cuqui, integrado en los hechos a la familia ideológica colorada y del lado del alambrado con ellos, si los batllistas no «agarran» viaje, no creo que le resulte «cómodo» romper el «chiquero» aceptando esta «amable» invitación del vasco Arana. Por otra parte, si acepta, ¿a quién manda? En una administración de izquierda la muchachada lacallista está más desubicada que «cenicero de moto». Pero en cambio hay otros grupos que también integran el Honorable que se me ocurre pueden y deben opinar distinto. Al partido hay que abrirlo a la izquierda. No sería mal mensaje a los blancos que se fueron del lema por ser nacionalistas zurdos careciendo de espacios en el partido, que se pueda abrir una nueva etapa donde puean retozar y decidir en un futuro cercano los destinos de la colectividad de sus mayores y suyas propias. Ya lo hemos dicho. Vienen soplando fuerte desde la «heroica» pampereadas reformistas. La cosa puede cambiar. Si le hemos dado tanto apoyo a los enemigos ancestrales de siempre, los colorados, que nos han odiado y perseguido durante más de 150 años por qué cerrar las puertas con quienes hasta por edad (al lado nuestro unos «chiquilines»…) no nos han hecho nada. Por supuesto que ideológicamente mucho nos separa de algunos sectores frentistas. No con todos. ¿Pero, y con los colorados qué nos une? Si se pudiesen levantar de sus tumbas bueno sería preguntarles a don Manuel Oribe, a don Leandro Gómez o al Cabo Viejo si les gustaría andar de la mano de Sanguinetti o con un Batlle. Lo más probable es que prefirieran lavárselas con soda cáustica. Por todo esto, allá ellos los Cuqui, los Ramón Díaz, los Braga y demás, con sus socios colorados. No nos necesitan. Tienen mucha plata. Vamos a abrir juego para el otro lado. Vamos a darle de comer al hambriento y de beber al sediento, que es el resto del pueblo, que son los más. Los pobrecitos, aunque a muchos políticos y tecnócratas les cueste entender, son seres humanos. No lo digo yo. Lo dijo nada menos que Cristo. Y a ese señor, ni como vasco le pienso llevar la contra.

* Convencional del Partido Nacional

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