Renovación del atraso, progresismo de la nada

La irrupción de Larrañaga y de Stirling en el escenario político «presidenciable» de los partidos tradicionales, ha sido presentada por comentarios periodísticos y por la voluntad discursiva de los propios interesados, como el surgimiento de un movimiento de renovación al interior de ambas colectividades históricas.

La autoasignada renovación, hasta ahora únicamente localizable en las expresiones del «nuevo liderazgo», representaría una acción supuestamente dirigida a rescatar a los partidos tradicionales de su anacrónico encierro y de la pronunciada trayectoria de derechización y retroceso dibujada en las preferencias de la ciudadanía en el último período.

Lamentablemente para el país, las afirmaciones en tal sentido son tan poco genuinas como la superficialidad del cambio en ambos partidos. Sea por ingenuidad o por la poca eficacia del maquillaje discursivo, la fragilidad del planteo sucumbe ante la palmaria realidad de la composición y de los contenidos de las supuestas alternativas de cambio.

El Partido Colorado no exhibe otra cosa que la acostumbrada articulación dirigente de los últimos 20 años, detrás de los dos liderazgos más viejos de la derecha política uruguaya. Una estructuración partidaria sostenida a partir de su inserción en el aparato estatal, vacía de participación y democracia interna, cuya vida orgánica sólo consiste en las decisiones, acuerdos y espasmódicos desacuerdos de los dos líderes históricos, que ha tenido su más reciente manifestación en el invento de la anodina candidatura del ex ministro del Interior, en el viejo escenario del mano a mano entre cuatro paredes en el que todo se resuelve.

La estructura de poder colorada y su desgaste, es indicado como el principal problema por el propio Stirling, que se debate con poca suerte, entre el sobrepeso que impone el desastre de la gestión del gobierno y el apretado brete político del origen de su candidatura, que le impide sacudirse el lastre de la imagen pública de Batlle y Sanguinetti y proyectar un perfil que supere el vacío de su discurso actual.

Para la perplejidad, el candidato oficial ni siquiera ha podido articular internamente un espacio propio, no posee ningún eje político sólido más allá del vano intento de despegarse de la imagen del gobierno, y para colmo, una enorme cantidad de colorados declaran su intención de votar en la interna del nacionalismo.

Con otros condimentos, la «gran interna» del Partido Nacional o la «única interna» como gustan promocionar sus propios contendores, ofrece, en su artificial ensayo, una «nueva» dimensión del tradicional y repetido reacomodo electoral, que cada cinco años realizan los mismos dirigentes, en el cada vez más estrecho tablero partidario. La operación de organizar una alternativa electoral al Herrerismo, decantó en una alianza que representa otra vuelta de tuerca más del mismo elenco itinerante, hoy encolumnado detrás de la candidatura de Larrañaga.

Lo más expresivo del supuesto perfil progresista del ex intendente sanducero, que intenta evocar al cada vez más ausente legado wilsonista, en los hechos, no consigue mucho más que fotocopias devaluadas de los principales pasajes del discurso de Tabaré Vázquez.

La «nueva revolución» de Larrañaga, que sin embargo acordó, votó y convocó a votar por Jorge Batlle en las últimas elecciones, se nutre de buena parte de los dirigentes y legisladores que estuvieron junto a Lacalle, respaldando las principales decisiones del actual gobierno y cogobernando, con la destacada presencia y el mismo entusiasmo con que hoy critican la gestión del ejecutivo que ayer integraban.

La actual pax nacionalista proclama el control político de los disensos entre lacallistas y partidarios de Larrañaga, las diferencias o matices, se establecen sobre lo puntual, extinguiendo referencias a los sucesos del pasado, ese escenario odioso, de malos recuerdos, donde la mención de los acontecimientos poco cristalinos del anterior gobierno nacionalista representan motivo de crispación y de pérdida de votos para el conjunto.

Se trata, a veces infructuosamente, de eliminar la palabra corrupción del discurso de campaña, para evitar la irritación herrerista y como demostración, seguramente, del compromiso progresista y renovador del emprendimiento. También, pese a lo trascendido y al evidente acuerdo con Lacalle en la materia, se busca eludir definiciones en torno al futuro candidato a vicepresidente, ya que supone otro punto de rispidez y representaría otra manera de aceptar públicamente el temido abrazo herrerista.

Es inocultable que la conformación final de la fórmula sellará el hasta ahora no asumido pacto con la derecha herrerista, ya que el aporte de los liderados por Lacalle resulta indispensable para la chance electoral de los blancos. A partir de esta obviedad y de la destacada integración actual, parece bastante difícil hallar contenidos progresistas creíbles en la propuesta electoral de los blancos.

En todo caso, lo más removedor de la contienda nacionalista está dado por la millonaria inversión que están realizando ambos candidatos en sus respectivas campañas, donde los acuerdos, lamentablemente, parecen no haber incluido aclaración pública alguna acerca de la magnitud del gasto y del correspondiente origen de los fondos, que hoy es una de las preguntas más recurrentes en la sana curiosidad de los uruguayos.

Los líderes de los partidos tradicionales, asiduos críticos de la supuesta falta de modernización del discurso y de la propuesta de la izquierda, no han incorporado como requisito indispensable de sus modernos proyectos políticos, a la transparencia financiera, tampoco la eliminación del clientelismo, la necesidad de la democracia interna o de una mínima claridad ideológica.

Esa claridad elemental, con que, desesperadamente, la derecha y el conservadurismo de este país, procuran encontrar, en la interna del Partido Nacional, a alguien que pueda representar su cada vez más pobre y deshilachada esperanza, de impedir el triunfo de la izquierda y de los uruguayos que quieren construir un cambio político sustancial en el país.

La genuina voluntad de transformación, que habrá de plasmarse en el gobierno, cada día más cercano, de aquellos que trabajosa y pacíficamente han construido con compromiso y nitidez, la única alternativa real de cambio progresista del Uruguay.

Ese inconfundible esfuerzo nacional que expresa el Encuentro Progresista – Frente Amplio – Nueva Mayoría, y que hace rato, tiene un candidato que lo representa: el compañero Tabaré Vázquez. *

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