Cierre de campaña progresista

Dejemos de lado todo lo de auténtica fiesta popular que tuvo el acto del domingo 20 en la Explanada Municipal. También en eso, el progresismo es la excepción: no hay acarreo, no hay recompensa; hay asistencia por convicción, por auténtico interés político y está la alegría del reencuentro y de la reafirmación colectiva de una fuerza política que ha llegado para quedarse y para contribuir a cambiar al país injusto para hacerlo justo.

La misma fuerza que tantos, tantas veces, dieron ya sea a lo bruto por aniquilada ya sea a lo fino como organización política superada por la posmodernidad. A unos y otros se les podría recordar que los muertos que vos matáis gozan de buena salud.

La parte oratoria tuvo singulares virtudes: siendo un discurso en el que se examinaron cuestiones de interés programático y estratégicas complejas, los dichos fueron cristalinamente claros y el inmenso público siguió con una atención sin decaimiento la palabra del orador, incluso interrumpiendo de manera oportuna y hasta pertinente el discurso, para sugerir un giro o una profundización.

La atención concentrada del público no es lo habitual en las ceremonias litúrgicas de los actos políticos de blancos y colorados, en los que la atención se divaga pensando quizá en el pan con chorizo y el refresco que gratifican paciencias.

El inicio del discurso transitó sobre el tema de la soledad presidencial, sobre la deslumbrante paradoja de que nadie se hace responsable de los desastres contra el pueblo y el país perpetrados durante el actual gobierno.

Los lineamientos expuestos por el doctor Tabaré Vázquez fueron antagónicos con los lineamientos sustentados por ambos partidos tradicionales en los últimos veinte años. La presencia del Estado como propulsor económico y como agente de la recuperación laboral y social fue dicho con elocuencia y claridad. La propuesta de un salario social está en la antípoda del Estado buitre preconizado por el pensamiento y la acción política neoliberal.

La lucha contra los privilegios y los impuestos que pesan sobre productores y consumidores, las mejoras en la educación pública, la salud y la vivienda fueron desarrolladas con claridad meridiana.

La primacía otorgada a la atención de la reparación social de los daños del neoliberalismo, lo que se ha dado en llamar la deuda social, aparece jerarquizada al punto que condiciona las necesidades de dar satisfacción a las obligaciones de la deuda pública, es otro aspecto positivo, que enuncia con franqueza y claridad cuál será la conducta del próximo gobierno en una zona tan delicada como esa.

La inserción internacional del país que propiciará un gobierno progresista fue defendida con argumentos claros, con realidades contrapuestas a lo que viene siendo la política exterior del elenco actual, atado al carro de una supuesta amistad milagrosa con el gobierno de Bush, favorable al ALCA y desganado y burocrático partícipe de los esfuerzos regionales por jerarquizar al Mercosur.

Reflexionando con altura, la oratoria puso más el énfasis en mostrar los proyectos y las orientaciones propias que en atacar los descalabros provocados por el gobierno.

La unidad y la cohesión programática del Frente Amplio fue señalada por el resultado de un trabajo de muchos años y como base seria de apoyo para los planes de gobierno y los proyectos de ley a impulsar.

Cuerpo viviente y palpitante, terminado el acto, la masa frenteamplista marchó con sus cantos y sus saludos al general Seregni, su figura fundacional emblemática que tuvo fuerzas y alegría para enarbolar la bandera tricolor y saludar con bonhomía a sus compañeros de toda la vida, el pueblo frenteamplista.

Culminó de este modo, fuertemente emotivo, una asamblea progresista que puso fin a la campaña central en Montevideo. Quedan ahora por hacerse las tareas del mano a mano. El FA aspira a ser, desde ya, la primera fuerza política en esta ronda electoral que tendrá su punto alto el 31 de octubre. Todo parece indicar que va bien encaminado. *

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