¡Paren la mano!
No soy ningún cuáquero o puritano. Somos hombres a los que el sol ya nos empieza a dar en las sienes o la nuca. O sea, no nos vamos a escandalizar ni a jurar que algunas veces a lo largo de la vida hemos «tirado canas al aire».
Está ínsito en la vida misma del ser humano. La actividad sexual es normal y vital en el reino animal que el hombre también integra. Es una verdad de Perogrullo. Pero una cosa es la actividad normal sexual entre hombre-mujer y otra muy distinta las «porquerías» que nos mandan de la televisión argentina.
Nuestra sociedad, tal vez por chica o pueblerina, o porque al ser menos nos conocemos mejor sin perjuicio de tener otra cultura más familiar y apegada a costumbres de formación cristiana nos lleva a tener un sentido de protección ética en la formación de nuestros respectivos núcleos familiares. Los enlatados, llámense películas, seriales, programas cómicos picarescos, etc., importados hoy con normalidad de la vecina orilla, no obstante la cercanía geográfica, historias comunes y presuntos parecidos culturales, nada tienen que ver con los gustos, respeto y sistema de vida uruguayos. A los orientales esta «mercadería» más a la corta que a la larga, nos repugna.
Pero lo peor es que se está marcando una tendencia en nuestra televisión comercializada, no en toda pero sí en buena mayoría de emulación e imitación faltando el respeto en todos los órdenes de «esas» inmundicias porteñas.
Hace pocos días a las señoras Sonia Breccia y a «China» Zorrilla, una, excelente directora de programas de opinión y la otra una gloria de las tablas uruguayas, sufrieron una agresión gratuita y sucia producto de esos «usos».
Se busca rating y presuntos éxitos comerciales, levantando infundios sobre la vida privada inventando miserias humanas de baja estofa y gran grosería para atraer la morbosidad popular, por cierto ajena a nuestras costumbres. De todo esto no se escapó ni la Iglesia. Recuérdese hace poco tiempo, los ataques contra Cotugno por sus posiciones dogmáticas religiosas y reconocidas, contra el homosexualismo. Se tuvo que hacer un sondeo en la opinión pública teniendo una aplastante mayoría sobre la misma, para que se silenciaran las críticas. Basta observar los «divertidos» programas porteños y se oirá y verá lo expuesto verbalmente como la toma de escenas chocantes sobre orgías sexuales, palabrotas y obscenidades varias que violentan el más elemental sentido común. E incluso en los cables en horas de actividad de los menores, lo cual empeora el fenómeno. No es mi intención y lo reitero ponerme en actitudes preconciliares. Los tiempos por supuesto cambian. Pero cualquier sociedad sana debe mantener elementales decoros y moral que sin pecar de falsos pudores o mistificaciones, protejan valores esenciales para la juventud e integridad de las familias.
Desde que el mundo es mundo, no se puede construir una sociedad cuyas bases no se asienten en el respeto mutuo integral en todos los órdenes.
Es obvio entonces, que se deben tomar medidas por los poderes públicos prohibiendo esas prácticas y excesos tamizando ese tipo de programas que nada tienen de culturales ni políticos, científicos, teatrales o cómicos. Y sí, una agresión a la moral y buenas costumbres. *
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