Aunque con retraso, la verdad termina prevaleciendo

Una serie de informaciones procedentes de los Estados Unidos, a las que en nuestros países no se les ha dado la repercusión que indudablemente merecen, aluden nada menos que al carácter falso de algunas de las afirmaciones que sirvieron al gobierno de Bush para desencadenar el clima de histeria ultranacionalista y represivo primero, y de guerra de agresión contra Irak, después.

Se trata de niveles de indecencia tan elevados que sorprende no solo su realización sino la impunidad en la que parecen seguir desarrollando sus actividades los principales responsables de una crisis militar y humanitaria de grandes proporciones: el Sr. George W. Bush y sus colaboradores (o cómplices) más cercanos.

De acuerdo a una comunicación publicada en el matutino madrileño El País, «la comisión independiente de Estados Unidos que investiga los atentados del 11 de setiembre del 2001, ha llegado a la conclusión de que no existe prueba alguna que demuestre el menor grado de colaboración entre la organización terrorista Al Qaida y el gobierno que presidía Saddam Hussein en Irak. Un informe preliminar basado en documentos hasta ahora confidenciales anula de manera detallada uno de los argumentos empleados por el gobierno de George W. Bush para justificar la invasión de Irak, aunque el presidente y el vicepresidente todavía insisten en lo contrario. Según el texto, Pakistán ayudó al régimen talibán en Afganistán a apoyar a Al Qaida. El informe también detalla por primera vez la organización de la trama del 11-S, que inicialmente contemplaba el uso de 10 aviones y el secuestro de centenares de pasajeros.»

Entre otras informaciones trascendentes, la comisión independiente de investigación muestra no solo la truculencia y la falsificación que precedió a la forja de «las pruebas» contra Saddam sino de los errores que padecen los costosos y celebrados servicios de inteligencia militar de la principal potencia militar del planeta.

Errores de inteligencia y hasta de comprensión política y diplomática elementales como los que refieren a haber considerado hasta ahora al régimen dictatorial de Pakistán como un aliado leal a los Estados Unidos.

Otro pasaje de la información recabada habrá sin duda de impactar en la opinión pública norteamericana y quizás contribuya a que miren con menos altanería los problemas que afligen a otras regiones del mundo. El reconocimiento de las debilidades evidenciadas por el sistema de defensa de quienes se pretenden invulnerables podría aconsejar, bien conducido, a una mayor humildad en las relaciones con la legalidad internacional y con el resto de las naciones del mundo a las que tan a menudo se desprecia y subestima.

Efectivamente, un pasaje del informe destaca que «el 11 de septiembre por la mañana las normas de procedimiento no estaban adaptadas a lo que iba a ocurrir. Lo que vino después fue un intento desesperado de crear una defensa improvisada por altos funcionarios que jamás fueron entrenados o debieron hacer frente a la situación». El documento sugiere que un avión de combate pudo haber alcanzado a uno de los aparatos secuestrados y abatirlo antes de que se estrellara contra el Pentágono, si el comando responsable del espacio aéreo norteamericano hubiera tenido una respuesta más organizada. Todos los elementos aportados no hacen sino reforzar la tesis de la mentira oficial perpetrada por Bush y sus colaboradores y agravar de este modo su responsabilidad ante la comunidad internacional y ante la opinión pública de su país. *

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