Trabas internas en la Unión Europea

Los resultados de las recientes elecciones para el Parlamento europeo han significado un balde de agua fría para los entusiastas de la integración europea. La indiferencia y hasta el rechazo por parte de la inmensa mayoría de la población, que se pronunciaron contra la voluntad expresa de sus respectivos gobiernos, a excepción de España y Grecia, constituye un asunto histórico, digno de ser examinado desde diversos ángulos.

Sea como sea, fue en el Reino Unido capitaneado por Tony Blair donde el descalabro gubernamental alcanzó un significado más rotundo y, a la vez, original: el fracaso laborista no fue recogido por el tradicional adversario Partido Conservador sino por una hasta ahora casi desconocida agrupación aislacionista, una suerte de «vuelta atrás» en el proceso de integración europea.

Los descréditos de Blair y de Berlusconi no pueden ser enteramente diferenciados de la profunda desconfianza que en las poblaciones del Reino Unido e Italia ha provocado la adhesión irrestricta a la agresiva política exterior del gobierno de los Estados Unidos. En ese sentido se podría decir que el trancazo en el proceso de consolidación del más formidable agrupamiento de naciones, la Europa de los 25, sufrió también, aunque indirectamente, los coletazos negativos de la agresión a Irak.

Hay otra arista que también es medular.

Europa y especialmente los países que tradicionalmente han conformado el «núcleo duro» de la Unión Europea, casi sus países fundacionales, Alemania y Francia, que gozan a nivel planetario de una envidiable situación económica y financiera, con altos niveles de calidad de vida y consumo suntuario, países beneficiados por las leyes que rigen, con normas injustas para los países agrícolas más pobres, el comercio internacional y la evolución de los precios, ese núcleo duro de la prosperidad capitalista, verdaderas metrópolis de imperio o, más bien de neoimperios, esas naciones capitalistas paradigmáticas, ejemplares, a las que las clases dominantes en los países pobres del Tercer Mundo envidian, imitan y quisieran igualar, esos países privilegiados en la división internacional del trabajo, no logran erradicar, más bien se agrava, el problema de la desocupación.

El paro ya no es resultado de una crisis pasajera. No se trata de un contratiempo ocasional, pasajero, circunstancial.

Por el contrario se trata de una desocupación estructural, que nace en la esencia misma, en la médula del sistema capitalista. La desocupación, madre de la exclusión, la violencia, la droga y demás lacras sociales, es funcional al capitalismo desarrollado en sus niveles más egregios de prosperidad. Es la presión hacia abajo del salario obrero.

Junto con esa ya demasiado larga convivencia con la desocupación, han proliferado y proliferan en Europa dos fenómenos aparentemente contradictorios.

Por un lado, el sistema productivo requiere el apoyo de millones de trabajadores no capacitados para las tareas que los obreros europeos ya no están dispuestos a realizar, labores agrícolas, otras ligadas a la limpieza, servicios sanitarios y demás.

Al mismo tiempo, en los viejos bastiones obreros, golpeados por el largo ciclo del paro forzoso, han nacido y arraigado tendencias ultranacionalistas y fascistizantes, como el Frente Nacional de Le Pen o las Ligas de Berlusconi.

El flamante vencedor en las elecciones británicas, el Partido por la Independencia del Reino Unido, aún no ha mostrado todas sus particularidades pero parece insinuar también una tendencia al nacionalismo y al aislacionismo exacerbado. En este marco político completamente perturbado por la crisis de fondo del sistema, en las próximas semanas el flamante Parlamento Europeo, con tan escasos respaldos populares, tendrá ni más ni menos que aprobar una Constitución para la unión. Un desafío del que probablemente no se saldrá sin heridas y vacíos normativos que enlentecerán el proceso de integración en el que tantas expectativas se habían puesto, tanto en Europa como fuera de ella. *

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