Democracia, pan y chorizo
Días pasados la señora Sara Méndez narró ante el auditorio de TVLIBRE un episodio significativo. Tan significativo y tan repetido que ya se ha convertido en parte integrante de la campaña electoral uruguaya.
No se lo menciona por obvio. Por demasiado visto. Y sin embargo, comporta una relación extremadamente elocuente entre dos términos de importancia para la vida de un país, para la vida cotidiana, para el acontecer realmente existente. Nos referimos a la relación entre la alimentación y la democracia. O, para decirlo en términos del Uruguay actual, entre la falta o escasez de alimentación, el hambre y la sagrada función de la democracia que el ciudadano cumple cuando vota.
Sara Méndez, junto con Raúl Olivera, asistía a la presentación de su libro «Secuestro en la Embajada», sobre la captura de Elena Quinteros, obra que ha tenido una singular difusión en el país, más de tres mil ejemplares vendidos en reuniones de ese tipo.
La presentación de la obra se realizaba en una zona especialmente pobre del departamento de Canelones. En el curso de las exposiciones, Sara notó que había una paulatina disminución del público.
Sucedía que, en las proximidades del lugar del acto se encontraba un muy bien acondicionado ómnibus con propaganda alusiva al sector lacallista del Partido Nacional. En el mismo se prometía un refresco y un pan con chorizo a las personas que accedieran a trasladarse a un mitin donde harían uso de la palabra algunos dirigentes conspicuos de ese partido. Dirigentes que, como es sabido, forman, o han formado parte, hasta hace muy poco tiempo, del elenco que gobierna el país en los últimos años.
Aunque este tipo de práctica es conocido, su implantación universal y descarada no deja de ser un hecho ilustrativo de hasta dónde ha llegado el proceso de extrañamiento institucional en el país, el desarrollo de una distancia creciente entre la vida política y las necesidades de la gente.
El partido puede reclamarse heredero del federalismo de Oribe o de los resistentes defensores de Paysandú, alumnos dilectos de Wilson o adoradores de la memoria trágica de Lavandeira. Un ramillete digno de referencias e identidades históricas de la mayor alcurnia y admiración.
Pero no es el ideario nacionalista ni la saga de los Saravia lo que decide al ciudadano a asistir a las asambleas convocadas con tan preclaros propósitos.
Los linajudos patricios que engalanan los estrados no constituyen el objeto de atracción o de devoción partidaria. No son la lanzas en Masoller, ni las murallas de Paysandú, ni el sitio de Montevideo lo que agrupa a las huestes y las prepara para el sufragio.
Triste es constatarlo pero es así.
Los fabricantes del hambre, los prohombres y promujeres de la desindustrialización del país, los profetas del achicamiento del Estado, pretenden atraer ahora a través de la ingloria humareda de los chorizos.
Por encima, testigos estupefactos del infame acarreo, quedan las imágenes de los viejos caudillos. Por debajo, el intento de degradación y menoscabo al que se pretende someter a los hambrientos.
Pero no son los hambrientos los que se humillan sino los políticos corruptos y venales, los desvergonzados operadores politiqueros con las necesidades vitales de la gente, los abusadores, esa carne de cañón para cualquier sistema.
Estos métodos y los que lo sustentan, tanto blancos como colorados, no son democráticos, huelga decirlo. Son manipuladores que los mismos servicios y en nombre de la misma anomia moral servirían a cualquier dictadura que les asegurara una jerarquía.
La batalla electoral es dura. Dura y trascendente. Muchas cosas graves se han puesto en juego y con energía habrá que pelearlas. Simplemente en nombre de la democracia y de la dignidad de las personas. *
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