Azúcar y alcohol contra el hambre y la miseria
El desastre de las políticas económicas implementadas por estos gobiernos de coalición blanquicolorados, piloteado el actual por los colorados, hace que surjan a la luz pública hechos y datos que nunca habíamos creído poder asumir en el Uruguay. Si perdemos la sensibilidad ante los mismos estaremos todos perdidos, condenados a ir cayendo paulatinamente a los niveles de Biafra o algún otro desgraciado país africano, sin dramatismo, objetivamente, aun cuando en pequeña escala.
El discurso gubernamental, acompañado de las cifras generadas a partir de los buenos resultados de las cosechas –con la «vedette» soja a la cabeza–, de la apertura de mercados cárnicos y en general de todo lo relacionado con el agro, incluida la problemática temible de la industrialización de la forestación, no pueden tapar las terribles informaciones relativas a brote de tuberculosis en Constitución y a la desnutrición infantil en Bella Unión, con su secuela de duplicación de la mortalidad y aumento de toda clase de enfermedades producidas por deficiente alimentación. Los comedores y merenderos van siendo pues rebasados en su función de soporte físico de la sociedad, en especial a los niños. Y esto sucede especialmente agravado en zonas que fueron otrora verdaderos polos de desarrollo de agroindustria azucarera, la cual llegó a ocupar –directa e indirectamente– en todo el país a 40.000 personas, según informe de comisión parlamentario que tengo a la vista.
Del oligopolio al monopolio
Jorge Batlle, Sanguinetti y los discípulos políticos de ambos, han sido siempre afectos al libre mercado, a la libre competencia, a la ausencia de subsidios estatales, al abatimiento de las barreras arancelarias y paraancelarias y toda clase de medidas que impliquen el abandono del apoyo del Estado a la producción, discutidas desde hace años en la Organización Mundial del Comercio, con poco éxito para los países pobres y subdesarrollados, pese a los intentos de unidad de acción frente a los ricos y desarrollados –férreamente proteccionistas– intentos de los que Uruguay se automargina. Aquellos gobernantes alentaron en los hechos el oligopolio de las empresas Calnu y Azucarlito, en tanto condenaron a la chatarra a los restantes ingenios azucareros. Además, gracias a los buenos oficios del Banco República –especialista en estos menesteres– se asoció a aquellos la transnacional MAN, filial uruguaya de la mayor empresa del mundo en el rubro azúcar, gerenciada en el Uruguay por el ex secretario de la Presidencia de la República durante el gobierno Sanguinetti. Ahora, separado Azucarlito de aquella sociedad, Calnu corre el riesgo de desaparecer entre las garras de la importadora MAN, culminando en un monopolio privado el proceso de desmantelamiento de la agroindustria azucarera, comenzado en época de la dictadura cívico-militar y continuado por los gobernantes colorados hasta el presente.
El ejemplo de los desarrollados
Mientras se tiran cohetes y bombas por la soja y sus actuales precios, así como de otros rubros del agro, y el gobierno anuncia aumentos sustanciales en la recaudación fiscal, siguen creciendo aceleradamente la exclusión y la marginación. Ni hablar de las engañosas bajas en la tasa de desocupación y en el nivel de los salarios. Dentro de este panorama nos parece necesario –desde una óptica progresista– plantear con fuerza algunas cosas relacionadas con lo productivo. En el caso, el tema del azúcar y su subproducto, el alcohol carburante. Dentro de otro esquema de país ambos rubros pueden desempeñar un papel de primer orden para solucionar, por un lado, el tema del trabajo no calificado, de baja remuneración, pero siempre y en todo caso asegurador de la comida y el techo para muchos miles de uruguayos. Por otro lado, comenzar a transitar el camino de estímulo a una fuente energética alternativa que siempre nos va a servir para coadyuvar a solucionar un problema central en la vida del país. En ese sentido, en similares condiciones agronómicas –suelo y clima– que las de Bella Unión y Constitución, en Belén (Brasil) se obtienen rendimientos de 120/150 toneladas por hectárea de caña de azúcar. Según los rendimientos de 120/150 toneladas por hectárea de caña se corresponde un costo del alcohol equivalente a un barril de petróleo de 30 dólares. Tengamos en cuenta el precio actual de petróleo, que quizás no vuelva más a los 30 dólares.
Amén de los argumentos relacionados, para continuar con la agroindustria azucarera, ha sido y es increíble la fuerza con la cual la Unión Europea defiende en las negociaciones para un tratado de Libre Comercio, con el Mercosur y el Pacto Andino, su producción azucarera en base a la remolacha, frente a los intentos brasileños para colocar la suya, obviamente a un precio muy inferior al que pagan los consumidores europeos. Pero por algo será que en el corazón del primer mundo –con todo su avance tecnológico– los gobernantes defiendan un cultivo desahuciado desde hace muchos años por los gobernantes de este país, hoy del hambre y la miseria. *
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