Modos y modales
Hace algunos días el ex presidente Sanguinetti incursionó en los «modos» del senador Mujica y simultáneamente se refirió a los modos políticos de la izquierda uruguaya de hace más de 30 años. Sanguinetti se refirió al tiempo en que desde allí se definía a la democracia liberal como de condición «burguesa». Creo que en estos temas no puede ser Sanguinetti el mejor fiscal, ni tampoco presumir que sobre aquellos dichos y polémicas de hace tres décadas, algún encuentrista tenga mala conciencia. El alto precio que debió pagar durante los años oscuros la izquierda uruguaya la salvaguardan, no de sus propias conclusiones y dichos sino de la malévola y elíptica sugerencia de Sanguinetti. Creo por otra parte que nunca está de más hablar de los modos y modales, si tomamos en cuenta que ellos son las acciones externas y las conductas propias de cada uno, lo cual define muchas cosas y ayuda a comprender muchas otras. Pero vayamos por partes, en los meses previos al golpe de Estado de 1973, se instaló en el país una polémica sobre le fisonomía de nuestra democracia. Sectores de matriz liberal asignaban al sistema institucional fijado en la Constitución de la República un valor consustancial con la democracia republicana y representativa. Es decir que el uno no existe sin el otro. Enfrentado a este principio, algunos sectores de izquierda enunciaban otro que otorgaba «adjetividad», cuando no un valor estratégico a esas instituciones. Tanto por formación filosófica, ideológica e histórica era lógico y normal que desde la izquierda se tipificara al sistema como liberal y burgués. Y por ende lo eran sus libertades, sus derechos y garantías y también sus instituciones. En este tema –como en tantos otros– seguí la opinión de Wilson Ferreira favorable a las garantías formales. Por ello fue que luego de muchos años, en 1982, cuando el ferreirismo se pudo expresar nuevamente de forma pública, lo primero que levantó como pendón restaurador de nuestra democracia fue todo el sistema de derechos y garantías expresadas en la Constitución de la República. Ese fue el programa wilsonista, en su lucha contra sectores del nacionalismo que habían militado con la dictadura. Con ese programa coincidieron –porque había credibilidad– muchos ciudadanos que provenían de extramuros del nacionalismo.
El diario El País, bastión de la dictadura, los llamó «insuflados», se trataba de presuntos electores que provenían de la izquierda que ante la proscripción total de su fuerza política y la barbarie totalitaria que padecía nuestro país echaron mano al instrumento político que tenían a mano para revalorizar nuestro sistema democrático. Aquello no fue demérito para nadie, por lo contrario debe ser tomado como parte de la paciente reconstrucción democrática y política que llevó adelante el pueblo uruguayo.
Sanguinetti está muy lejos en sus capacidades políticas de poder comprender la rica interacción de la reconstrucción democrática nacional. Durante todo aquel negro período de la historia uruguaya, toda su actividad pública se limitó a integrar la Comisión Directiva de Peñarol. Mientras Seregni estaba preso y Wilson en el exilio, cuando todo era zozobra, Sanguinetti frívolamente se dedicaba a su religión futbolera.
Es obvio entonces que el traje de auténtico liberal político le chinga por todos lados. Bastaría con recordar que en 1984, para él, tanto la proscripción de Seregni como la prisión de Ferreira Aldunate no implicaron disyuntiva alguna. Seguramente habría llegado a ser un personaje histórico ejemplar, de haber tenido magnanimidad en el manejo de aquellas situaciones. Pero ya se sabe que la grandeza y la elevación de espíritu de un auténtico demócrata no estuvieron nunca en los modales del ex presidente. Por ende él y su secta sólo vieron allanado el camino hacia el sillón presidencial, trabajando tan sólo para pretextar aquel deshonroso ascenso presidencial.
Ser del ancho espectro de la izquierda no da patente de nada, ha definido con su acostumbrada sapiencia el senador Mujica. Quienes provenimos de los partidos de matriz liberal podríamos agregar que esto tampoco da patente de nada. Sin embargo, debemos anotar que fueron hombres de matriz liberal quienes actuaron en los cuadros civiles de las dictaduras. Y estos no son dichos, son hechos. Pero de ellos, Sanguinetti no da cuenta, tal vez porque entre sus múltiples modales está el esconder la verdad de manera contumaz.
Igual que a la Penélope de la canción de Serrat a Sanguinetti «se le paró el reloj» y como un fanático cruzado sigue buscando una etapa de la izquierda uruguaya que ya pasó, en pos del desafío de producir los cambios que nuestro país necesita. Para ello la reflexión y la acumulación de experiencia para arribar a los actuales criterios de lealtad institucional, que ha proclamado el Encuentro Progresista y ha definido nuestro candidato presidencial Tabaré Vázquez.
Han sido la historia y la experiencia las que han obrado sabiamente sobre la sociedad uruguaya. Luego de tantos años de dictadura y oscurantismo, todos hemos aprendido a ser mejores liberales, y ello es un mérito colectivo. Que nadie se llame a engaño, la democracia uruguaya se reconstruyó desde las cárceles, desde el exilio y en las calles, con sacrificio y contradicciones pero con la comprensión de cuál debía ser la «cancha» institucional.
Sólo Sanguinetti pretende crear la ficción de que el muro de Berlín sigue allí erigido, para justificar así su actuación portando las ínfulas de campeón de la democracia, lo que francamente es una risible chafalonía política. *
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