La burrocracia cheta del doctor Currato

En estos últimos tiempos, la televisión vernácula se ha introducido, felizmente, en temas de corte netamente autóctono, dejando de lado, en parte, los teleteatros mexicanos, donde desde el pique, ya sabés que nadie es el hijo de sus padres. Y ha incursionado en nuestras realidades, en temas netamente «de entrecasa», chicos para el mundo pero grandes para nosotros, tales como, por ejemplo, las interioridades de un típico club de barrio, de «fóbal» (porque lo nuestro ya no es fútbol…) del «Uruguayos campiones«, Mostrando, valientemente, como forma de autocrítica didáctica, virtudes y defectos que llevamos muy adentro.

Dentro de esa línea, pude ver, la otra noche, un capítulo de una serial que muestra descarnadamente ciertos vicios y desviaciones en que ha incurrido ciertamente nuestra sociedad toda, con responsabilidad compartida: unos por engendrarlos y otros por aceptarlos pasivamente, en base al amiguismo político, y a la posibilidad de «colocar», a los amigos, en «tareas» ficticias, pero eso sí, bien remuneradas, de las que luego resultan jugosos honorarios. Producto de esos privilegios, que como alguien dijo, son como los olores íntimos: nos molestan cuando son de los demás, pero, en cambio, los disfrutamos si son nuestros….

Un tema muy manido y especialmente trascendente , a la hora de elegir nuevos rumbos. No son los típicos «ñoquis», de los que tanto se ha hablado últimamente. Esos que sólo se presentan los 29, a cobrar. Y por aparecer un solo día, son menos….

Estos son muchos más, y por su similitud de primo-hermanos en gracia, los bautizamos como los «raviolones». Que, aunque tampoco laburan, sin embargo, se toman el «trabajo» de concurrir, más o menos regularmente a su «lugar de trabajo», y se sientan detrás de una computadora, haciendo como que trabajan, dado que, generalmente, el «status» que se les adjudica se lo permite. Aunque adentro de la computadora no haya ni señas del trabajo que se supone realizarían. La computadora le da esa ventaja a los «burrócratas» de alta cuña, porque antes de esta era «ténica», era necesario tener desparramados papeles sobre el escritorio, para hacer parecer que se laburaba.

Ahora no, y basta con tener en la pantalla una buena y atractiva imagen en colores, y algún «icono» de algún juego de «solitario» para matar el tiempo. Porque el «vacío» interior de la infernal máquina es como el de algunas almas: no se puede ver.

Volviendo a la trama de la tragicomedia que vimos, (si no fuera trágico lo que ocurre, podría arrancar carcajadas), esta transcurre en una típica «oficina pública», cuyo objetivo virtual, o por lo menos el declarado, parece ser el estudio de viabilidad de un puente binacional. Se trata de un puente con mucho olor a » curro». Y por ello, controvertido y casi inviable. Porque los gobernantes de los que viven en la otra punta han dicho que tienen otras prioridades.

Pero que amerita, igualmente, el «funcionamiento» (es un decir…) de una oficina, chetamente amueblada en materia de muebles y funcionarias. Estas, también, no faltaba más, chetamente ataviadas, con no muy clásicos atuendos, inconvenientes de por sí, para realizar casi cualquier trabajo, sobre todo si es de oficina.

Pero típicos de las exigencias visuales de esta sociedad de consumo sobre lo que pareció querer ser un teleteatro, por más realista que este quisiera ser.

Es en ese escenario es que les cae una periodista que en desarrollo de sus inquisiciones profesionales, recorre la «zona urbana», en la búsqueda de «noticias«.

La periodista, en el capítulo del teleteatro que pude ver, preguntaba sobre cosas obvias, tales como, «qué hacían, en qué consistía su trabajo por el que estaban cobrando, qué podían mostrar de su trabajo, cuál había sido el último informe sobre el tema , qué habían elaborado, si se veían con el coordinador de la «oficina», etc.»

.Todo transcurre en un tenso y casi hilarante clima, donde las respuestas son una descacharrante demostración palpable de que ahí nadie sabe nada y nadie está para hacer nada, ni hace nada, en realidad, excepto cobrar un sueldo por demás (in)decoroso, (sobre todo si tenemos en cuenta cuál es la remuneración que en el escalafón debieran tener los que hacen la nada).

Todas las intervenciones de los personajes de la oficina de marras, incluido su director, el Dr Currato, que deambula por toda la oficina, eludiendo las respuestas concretas, tienen un denominador común: no tienen ninguna respuesta adecuada a las preguntas de la periodista.

Son frases deshilvanadas, para salir del paso, que muestran la violencia vivida, fruto de la situación impensadamente planteada, tratando de demostrar lo indemostrable: que están haciendo algo que justifique su cargo y sobre todo, su emolumento.

«El molumento al curro» , me habría retrucado mi amigo Peloche, en su punzante diálogo eticomítico.

Lo que te queda, en resumen, luego de visualizado el capítulo de marras, es ver gráfica y descarnadamente, cómo se puede montar un mecanismo perverso para continuar «currando» a la gente, dándole a amigos y amigas, ubicación en oficinas que paga el pueblo, bien dotadas en remuneración, a veces en dólares por contratos de obra, teniendo como contrapartida la obligación de hacer nada. Y como resultado para el país en ruinas, la nada.

Y pensar que antes, en que parece que había otra moral, en alguna oficina que otra, recuerdo haber visto un cartelito muy gracioso, él, que rezaba: «Si tiene nada que hacer, no lo venga a hacer acá.».

Aquí, en este teleteatro que comento, por lo visto y lo mostrado, la premisa es exactamente la contraria.

Ah, y antes que me olvide, lo que vi es sólo un capitulo de la telenovela vernácula, para tiempos preelectorales, titulada «Lo que el gobierno rosado se llevó…». Seguramente hay cientos de ellos. ¿Será, acaso, para ilustrar a los futuros votantes? Más que el capítulo de una telenovela, pareció un «reality show», que le dicen……

En definitiva, por lo realista que me pareció lo visto, me pregunto y les pregunto a Uds.: ¿no será parte de nuestra dolorosa y frustrante realidad? *

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