Los límites de la degradación moral

El mundo entero sabe hoy que en Irak las tropas de ocupación yankis practicaban la tortura sistemática en las formas más aberrantes; que los instructivos sobre las formas de tortura provenían de los mandos militares y de los servicios de inteligencia, por más que ahora se pretenda ubicar como chivos expiatorios a un soldado y a un general (Ricardo Sánchez) mientras se asegura la impunidad a los verdaderos responsables: Rumsfeld y la jefatura del Pentágono; que lo mismo se hacía en Afganistán, en la prisión de Bagram, y en Guantánamo, de donde vino el jefe militar torturador, mayor general Geoffrey Miller, a aplicar las mismas técnicas en la prisión de Abu Gharib. Vimos el patético cuadro de un niño de 13 años capturado en Afganistán y sometido a torturas en la base militar yanki situada en territorio cubano. Por otra parte, ya desde el año pasado circulaban informes de la Cruz Roja, de Amnesty International y de Human Rights Watch sobre este sistema de torturas. Según Ignacio Ramonet, otros detenidos fueron enviados a prisiones secretas en la isla de Diego García (en el Océano Indico, donde EEUU dispone de una gran base militar) o entregados a servicios especiales de «países amigos» como Egipto y Jordania.

Por otra parte, estos métodos de tortura eran en esencia los mismos que enseñaban los instructores norteamericanos en la Escuela de las Américas instalada en el Canal de Panamá, por donde pasaron decenas de miles de oficiales de las fuerzas armadas de los países de América Latina, incluyendo golpistas de tomo y lomo. En el caso de Irak, las fotos en posiciones humillantes y de depravación sexual tenían el objetivo adicional de quebrar moralmente a los presos, de radiarlos de la sociedad. Las prácticas de la tortura se complementan con las masacres de la población civil, que en este año han ocasionado miles de muertos y cuyo símbolo es la destrucción de Falluja, la matanza de por lo menos 600 pobladores en los bombardeos a zonas residenciales y las operaciones militares que continúan en ciudades del sur como Najaf y Kufa. No es extraño que el 90% de la población iraquí considere a las tropas extranjeras como «fuerzas de ocupación», y en modo alguno como «libertadores», desmintiendo rotundamente los dichos de Bush para justificar la invasión y la permanencia de las tropas, que se mantiene más allá de la designación de un nuevo gobierno iraquí sin ningún poder real y supeditado a las fuerzas de ocupación.

Los informes sobre las torturas, en particular el del general Antonio Tabuga, que testimonió dignamente ante la Comisión investigadora del Congreso, datan de comienzos del año. Es falsa por tanto la alegación de Rumsfeld de que no los conocía. Se sabe también que el gobierno norteamericano hizo lo posible por ocultarlos. El reportaje de la CBS estaba pronto para salir al aire a comienzos de abril, pero la presión directa del general Richard Myers, jefe de estado mayor general, logró que el productor Dan Rather lo aplazara. Y recién lo difundió cuando se supo que el periodista Seymour Hersch iba a publicar en el New Yorker una parte de las fotos (después aparecieron muchas otras, aún más espantosas, que se entregaron bajo secreto a los senadores y no fueron divulgadas) y fragmentos del informe del general Tabuga (véase nuestra nota del 23 de mayo «El horror sin fin, por partida doble»). Sobre este aspecto del ocultamiento de las fotos (y de las pruebas en general) deseamos insistir, para demostrar que es una práctica inveterada de sucesivos gobiernos de Washington.

A fines de mayo se desclasificaron unos 20 mil documentos y grabaciones que tienen como protagonista a Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional y secretario de Estado de Nixon y Ford, y que incluso fuera nombrado por Bush presidente de una Comisión para investigar los sucesos del 11 de setiembre, a la que renunció a poco andar. Los documentos abarcan el período entre 1969 y la caída de Nixon en 1974 por el escándalo Watergate. Está registrada una conversación ente Kissinger y el secretario de la Defensa Melvin R. Laird sobre unas fotos de la matanza de My Lai perpetradas por las tropas norteamericanas en Vietnam del Sur, en la que se ve a una madre y sus hijos masacrados (en realidad la misma suerte corrieron todos los seres vivos de la pequeña aldea). «Son bastante terribles, dice Laird, pero Kissinger lo tranquiliza con estas palabras: «He oído a un asesor de Nixon que el ejército ya se está encargando de confiscarlas». Los genocidas procuran borrar las huellas de sus crímenes inauditos.

En un pasaje de 1973 se celebra cínicamente la intervención del gobierno de Nixon para precipitar la caída de Salvador Allende. Otras grabaciones testimonian que Nixon vivía borracho hasta las patas (y fue el presidente más boca sucia de la historia de EEUU). Pero esto es harto conocido. He querido destacar un hecho que, sumado a los actuales, revela los límites de la degradación moral de los personeros del imperio que aspira al dominio incompartido del mundo. *

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