"Hoy no se fía; mañana sí"
Se leía, y se lee aún en estos tiempos, aunque en menor medida, en muchos carteles instalados a la vista de la clientela, en miles de comercios en todo el país.
Cierto es que ha disminuido la posibilidad de enfrentarse a un cartel que luzca esta leyenda, no solamente porque en la actualidad casi todos los comercios se ven en la necesidad imperiosa de vender a crédito, puesto que lo hacen o desaparecen, sino porque el típico almacén de barrio, la carnicería o lo que fuese, están en proceso de franca extinción; aclaro, de paso, que, a mi modo de ver, esto se debe más al fenómeno que llamamos de globalización y de grandes superficies, que a la acción que pueda estar correspondiéndole a «la piqueta fatal del progreso», pero ese no es el objetivo que persigue esta nota y entonces por aquí abandono la búsqueda de las causales así como los posibles balances y sus eventuales resultados negativos o positivos.
Lo que quiero exponerles, amigos lectores, es la reflexión que me provoca esta frase.
Confieso haberlo descubierto poco tiempo atrás, pero se me ocurre que vale la pena colectivizarlo. La verdad es que, tal vez alucinado por tantos planteos sesudos y proyectos a futuro por parte de varios precandidatos ante las próximas elecciones internas, he llegado a vislumbrar el engañoso cartelito debajo de sus atuendos en unos casos, y en otros lo he imaginado como estampado en la frente, aunque debo admitir que no resulta del todo visible, al menos si uno no intenta ver un poco más allá de lo que le muestren.
Estoy reconociendo que hay que estar predispuesto para encontrarlo, dado que ellos –los que lo llevan escondido y después lo van a usar– entienden de fundamental importancia que no se visualice; digo más: les va la vida en que ni siquiera se sospeche acerca de la posibilidad que este cartel exista.
Intentaré ser más claro y directo: ¿de qué otro modo debo interpretar los anuncios que formulan aquellos precandidatos que fueron –y son todavía– parte de este gobierno de colorados y blancos que llevó al Uruguay a su crisis más profunda? ¿Cómo puede entenderse o interpretarse que quien siendo presidente, lejos de eliminarlo, aumentara el Impuesto a las Retribuciones Personales y ahora se comprometa a erradicarlo? ¿Cómo nos puede explicar que no pudo alcanzar la eliminación total ahora, cuando él mismo se jacta de que la rebaja que estableció el actual gobierno –casualmente en un año electoral– es un logro de su Partido político coaligado al del primer mandatario?
¿Qué significado tiene el retiro de cuatro ministros, pero no de los cargos de su confianza –y estoy recordando que son decenas de funcionarios– que permanecen en esos lugares, al igual que en el resto de administración, las empresas públicas, las comisiones que administran los ríos Uruguay y de la Plata, así como en la mismísima Intendencia de Canelones, por ejemplo?
¿Qué puede explicar su más jerarquizado contendor interno, cuando votó junto con el gobierno (y el resto de su Partido, por supuesto) el Presupuesto Quinquenal, las Leyes de Urgente Consideración, y los diversos «Fiscalazos», incluyendo el aumento de ese mismo I.R.P. a niveles nunca antes conocidos y ni siquiera sospechados?
¿Cómo puedo entender, razonablemente pensando, que algunos de los que apuestan al candidato «renovador», sigan votando en el Parlamento de la misma forma que lo hacen aquellos legisladores que responden al otro candidato? Comparten con uno de los candidatos el proyecto futuro y votan mientras tanto con el otro. En fin…
Son cosas –y hay muchas más, que para no cansar y ocupar más espacio, omito– que nos dejan pensando que todo esto no es fruto de la casualidad ni de conductas intempestivas o imprevisibles; en realidad, creo que responden a todo lo contrario: se trata de una estrategia montada para confundir, alentando esperanzas que no prosperarán seguramente, pero que si se toman al pie de la letra, mantienen latente esa posibilidad.
«Hoy no se fía» –y habría que agregar: no insista– pero «mañana sí», seguramente. Claro está que cuando aquellos fieles seguidores del Doctor de las Promesas se presentan al día siguiente, se encuentran con el mismo cartel y la historia recomienza.
Eso es precisamente lo que intentan hacer ahora y no otra cosa es lo que efectivamente hicieron durante décadas. La traducción, en materia política, debería entenderse así: hoy, que somos parte del gobierno (aunque esto lo niegan, ya que sería «muy fuerte» reconocerlo) no hemos podido, pero si mañana Uds. nos ponen al frente de la Administración, lo vamos a hacer.
El razonamiento lógico nos lleva a pensar que no deberíamos volver a creerles. No obstante, todos sabemos que habrá –lamentablemente para ellos mismos– quienes otra vez tropezarán con la misma piedra.
¡Pobre Uruguay si confía la tarea del rescate a las mismas manos que condujeron la nave al naufragio!
Sin embargo, también todos sabemos que la cosa empieza a cambiar y que hay mucha gente, cada vez más gente, que está viendo la puntita del cartelito que asoma y que hay otros que ni repararán en esto. Porque hace ya un buen tiempo que, por conocerlos bien, no están dispuestos a volver a prestarles atención. *
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