Lo bueno de la crisis

Una tarde gris mi siquiatra me dijo: «No se preocupe, sólo los desalmados no se deprimen». Ese día el profesional me tranquilizó y empecé a curarme, pero no a dejar de sufrir al caminar por las calles de Montevideo viendo a niños, mujeres y hombres en la peor indigencia.

De cada tres uruguayos, uno es pobre, y aunque el dato no sea nuevo, no deja de ser estremecedor, por lo que pasa y lo que pasará con las futuras generaciones en un país postrado por dirigentes políticos sin ninguna estatura mental.

Sin embargo, como los chinos nos advierten que la crisis también significa oportunidad, cierto es que esta etapa ha dejado al desnudo cientos de situaciones de corrupción a distintos niveles que, en épocas de vacas gordas, hubieran pasado desapercibidas por imperio de conflagraciones mundiales.

Es en estos momentos, precisamente, cuando los señores soberbios e intolerantes quedan desenmascarados y sus actos conocidos por la opinión pública, léase banqueros, médicos enriquecidos, funcionarios judiciales que cobran propina, fiscales que reciben coimas para dictar sentencias en contra de personas inocentes, catedráticos que plagian Códigos, en fin la lista sería interminable.

Lo interesante del caso es que en este período de pobreza crónica, los de abajo están sufriendo mucho, pero también los que una vez estuvieron entronados arriba, en el poder o cerca de él, están cayendo como moscas, y ese no es un dato menor.

En ese triste cambalache emergen seudoperiodistas con patente de investigadores que por montar un show televisivo no trepidan en denostar a personalidades públicas, sobre todo contra el género femenino, y al mejor estilo argentino osan, en vano intento, enlodar sus nombres a través de humoradas sexuales de corte carroñero.

Por eso, en estos períodos cruciales es cuando los hombres de bien, los callados y trabajadores, aquellos que con su esfuerzo están al servicio de la sociedad, cobran su real dimensión.

En consecuencia, nadie debe alarmarse por el hecho de que los periodistas estemos enfrentados y mucho menos, por supuesto, aquellos periodistas que, en todo su derecho, no toman posición cuando de deontología profesional se habla.

Algunos, como siempre, seguiremos luchando contra la desigualdad social, contra la corrupción sin pedir ni dar tregua, otros por su parte brindarán sus micrófonos, cámaras o páginas para reproducir lo que dicen los gobernantes de turno.

Aquellos otros, que, aprovechando la bolada, arrancan con caras de serios y después de dar dos pasos muestran la hilacha y montan un show perverso a costa de la vida privada, aunque después pidan perdón cuatro veces, están condenados a tener corta vida.

Así, por lo menos, me lo dijo mi dentista. Con mi boca impedida de hablar por obra del temible torno, el odontólogo se despachó a gusto: «usted sabe que yo veía Zona Urbana, al principio me pareció interesante, pero cuando fueron pasando los programas, mi familia y yo nos dimos cuenta que eran nada más que unos chimenteros que ‘levantaban’ todo de los diarios y montaban un circo alrededor de la información. Por supuesto que dejamos de ver ese programa idéntico al porteño ‘Intrusos’ y otros similares sustentados en chimentos baratos y procaces».

Entonces, cuando las crisis castiga a diestra y siniestra, tienen implícitas virtudes, entre ellas dejar al descubierto a los agazapados que quieren aprovechar el momento para saltar a la fama, apelando a cualquier método.

Idéntico recurso utilizaron los banqueros que vaciaron las arcas de las instituciones financieras, enterrando la economía nacional por decisiones gubernamentales en apoyo de sus amigos, aunque fueran a la cárcel.

Igual metodología utilizó un fiscal de la nación para hacerse de unos pesos, enviando a la cárcel a inocentes y dejando libres a culpables.

También lo hicieron los legisladores que, a sabiendas de la inminente corrida bancaria, sacaron sus depósitos antes de quedar atrapados en el corralito a la uruguaya.

En el sismo muchos uruguayos se portaron mal y en vez de ayudar a sus compatriotas destrozaron sus vidas. Algunos ya están pagando las consecuencias de su infamia, así lo como lo harán los periodistas carroña. *

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