La autocrítica del New York Times

Es un indicio y vale la pena registrarlo. No hemos sido ni somos adoradores del tipo de libertad de prensa que se practica en los Estados Unidos de América. Como americanos del Sur hemos sufrido en carne propia los tratamientos discriminatorios, las justificaciones permanentes de la intromisión norteamericana en los asuntos internos de los países de «Nuestra América» y todo lo demás.

En la machucada historia de nuestro continente no ha sido frecuente encontrar en el seno de la prensa norteamericana periódicos capaces de jugarse por la verdad. Sí, innumerables cronistas, fotógrafos, testigos y periodistas. Pero las empresas periodísticas han sido la excepción muy excepcional. La regla ha sido su alineamiento con el gobierno y la glorificación de todo lo actuado, tanto por su diplomacia como por sus tropas.

Ahora acaba de suceder un hecho significativo. El diario que algunos consideran como el «más influyente del planeta» –es una valoración de la competencia transatlántica, el francés Le Monde– acaba de publicar más de un tercio de su página editorial conteniendo una autocrítica a fondo acerca de cómo se situó el diario en relación al conflicto con Irak, a la preparación del conflicto, el desencadenamiento de la guerra y la ocupación.

En un tono inusualemente duro, el diario neoyorkino reconoce que en el período anterior a la guerra, sus páginas se hicieron eco de noticias cuya exactitud estaba lejos de estar confirmada, tratándose de temas de gran importancia.

El diario examina cómo una de las principales causas de sus errores consistió en apoyarse excesivamente en fuentes provenientes de los exiliados iraquíes en Estados Unidos, profundamente enemistados con Saddam, que trasmitían información deformada sobre aspectos sustanciales.

Como no podía ser de otra manera, el editorial autocrítico pone el acento en la credibilidad otorgada erróneamente a distintas fuentes acerca de la existencia en Irak de Armas de Destrucción Masiva, cuya localización en territorio de Irak aún no ha sido establecida y en la que, a esta altura de la guerra y la ocupación, nadie cree.

El periódico se critica la ausencia de matices en el traslado de una información de procedencia tan incierta.

En el análisis del asunto, se agrega un dato interesante. Consultados en una encuesta realizada entre periodistas norteamericanos, más de la mitad reconoció no haber actuado con seriedad profesional y suficiente espíritu crítico con relación a las noticias que provenían de fuentes oficiales.

El New York Times adoptó, bastante tempranamente, una actitud contraria a la Guerra, no obstante el diario se siente sacudido por una serie de escándalos, como el del periodista que a fines de 2003 reconoció que había falsificado una buena parte de las crónicas internacionales que había venido publicando.

Más allá de la anécdota, el episodio resultó revelador de un problema más profundo y desde entonces el diario ha tendido a acentuar la reflexión crítica sobre sus propios errores.

En este caso el error del NYT se sumó al menos por un momento, a la larga cohorte de voceros del Pentágono y la Casa Blanca cuando se procuraba crear las condiciones psicológicas para convencer al pueblo norteamericano del carácter justo de la guerra contra Irak.

La importancia de esta tesitura ética del NYT es por demás evidente. La guerra continúa y el pueblo de los Estados Unidos en un muy breve plazo deberá decidir si respalda las acciones ilegales, guerreristas y depredadoras de su actual gobierno, o lo sustituye por otro elenco más proclive a respetar a las Naciones Unidas y la regulación pacífica de los conflictos entre los pueblos.

Ojalá el sinceramiento del periódico neoyorquino sea acompañado por otros colegas de la comunicación, dentro y fuera de las fronteras de aquella gran potencia. *

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