Ecos de un clásico
Una vez terminado el partido clásico que consagró a Nacional campeón del Torneo Apertura de fútbol, los comentarios fueron virando desde la página deportiva hacia la policial, judicial y económica, poniendo énfasis todos los que habitualmente opinan en torno al fútbol, en el grupo de fanáticos que causaron desmanes en la capital –sea festejando o descargando bronca– con zarandeo de vehículos, quemas de banderas y asientos de las tribunas, roturas de vidrieras, amenazas telefónicas contra la familia del árbitro y otras lindezas por el estilo.
El coro es unánime. Se ensañan contra los «inadaptados», «energúmenos» y «forajidos», aclarando, de paso, que afortunadamente son una pequeña minoría que no es representativa de las dos «gloriosas casacas» de nuestro fútbol.
Y qué quiere que le diga: todo eso me parece, cínico, demagógico y oportunista. Trataré de explicarle por qué.
En 1962, un crack indiscutido de nuestro fútbol –Pepe Sasía– declaró en un reportaje que el fútbol es el opio de los pueblos. Más allá de la paráfrasis de don Carlos Marx, expresaba claramente que el fútbol es, también, una vía de escape para las frustraciones personales y colectivas del individuo que no puede o no se le permite realizarse. De ahí que se acepte como un elemento integral del espectáculo el insulto a los árbitros. Las barbaridades que se dicen contra ellos –que no tienen parangón con los que merecen nuestros principales enemigos– son elementos incorporados en nuestra cultura y no pueden reputarse de mala educación. Ellas atraviesan todo el entretejido social y educativo de nuestra sociedad.
Y –también es bueno recordarlo– no tienen consecuencias posteriores, dado que la carga emotiva que las ocasiona desaparece en el mismo momento que el exabrupto se evacua desde nuestra garganta.
Sin embargo, en nuestro bendito país, a esos elementos se les incorporan otros que impiden la catarsis inmediata una vez proferido el grito en la tribuna. Veamos algunos ejemplos a propósito del último clásico:
a) Nacional pretendería dar la vuelta olímpica en la cara de Peñarol. Está claro que desde el mismo momento en que esta oración se pronuncia y se repite mil veces por los comentaristas deportivos, se interpreta como un desafío ineludible para todos los involucrados. Los nacionalófilos deben lograrlo; los peñarolenses, evitarlo, ambos a toda costa. Ya no se trata de un partido de fútbol, sino de una cruzada.
b) El árbitro del partido tuvo condescendencia con el juego brusco de los jugadores de Nacional, mientras que fue demasiado estricto con el de los de Peñarol.
Y en el análisis superdetallado de algunas incidencias del juego, se avala esa afirmación, tanto por los comentaristas como por los dirigentes de Peñarol. Al extremo que la Directiva de este último retiró la confianza al Colegio de Arbitros.
Esas actitudes por parte de quienes forman opinión desde los micrófonos o desde las Presidencias, impiden que alguna gente –que los escucha y se sienten alentados cada vez que los mencionan por ser «incondicionales» de los «colores de su vida» o dándoles protagonismo en la vida del club– considere que la mejor manera de festejar el triunfo o lavar la afrenta consista en la comisión de desmanes.
Creo que es bueno un sinceramiento. O no damos manija, o — por el contrario– no vilipendiamos a los que se la tomaron en serio.
* Analista
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