Conmemoración & luto
La anécdota viene al caso. Un amigo, asalariado y descreído de las organizaciones gremiales, nunca participó en un acto del 1º de Mayo. Un tipo nihilista, que le dicen. Por desidia, desgana o, simplemente, porque no se le cantaba, jamás recorrió a pie, bajo cánticos, consignas, o lluvia en algunos casos, decenas de quilómetros hasta el estrado de los trabajadores
Mi amigo, doy fe, tampoco nunca «conmemoró» el 1º de Mayo en su casa. Quiero decir, jamás hizo uso del tradicional asadito (cuando se podía), para degustar entre familiares y amigos. «Me encanta el asado, lo que odio es hacerlo el 1º de Mayo», me respondió, escueto, cierto día.
Confieso que la frase de mi amigo cambió la percepción, (léase «falta de conciencia de la clase trabajadora», «desclasado» y otros eslóganes sesensistas) que tenía de él.
El tipo, repito, era un nihilista. Pero tenía sus motivos. Tiempo después se explayó un poco más sobre el asunto: «Es un día de luto. No voy al acto porque no me interesa, y reunirme a comer un asado con familiares me parece una falta de respeto».
En realidad, desde su postura, el hombre tenía razón. Más allá del Día Internacional de los Trabajadores, actos en diferentes partes del orbe y proclamas reivindicativas, pocos saben a qué obedece tal fecha.
El disparador, ciertamente literal en este caso, fue cuando varios trabajadores fueron asesinados, en la ciudad de Chicago, el 1º de Mayo de 1886. El hecho, conocido históricamente como «El crimen de Chicago», se remonta a noviembre de 1884.
Ese año, el Congreso de la Federación de Trabajadores de Chicago resolvió, como principal punto reivindicativo, reclamar una jornada laboral de ocho horas a partir del 1º de Mayo de 1886.
Ese día marcó un punto de inflexión, una bisagra, para los trabajadores organizados. La «masacre de Chicago», tal como fue denominada por la prensa norteamericana en su momento, costó la vida de cientos de trabajadores y dirigentes sindicales. También hubo miles de heridos, torturados, detenidos y despedidos. La mayoría de los obreros eran inmigrantes: italianos, españoles, alemanes, rusos, irlandeses, judíos, y polacos.
Meses después, se llevó a cabo un proceso judicial donde se acusó a ocho dirigentes anarquistas de ser los responsables de tales «desmanes». Sólo dos de ellos eran norteamericanos.
El reclamo de los trabajadores era más que legítimo. Hasta entonces, los asalariados trabajaban entre 14 y 18 horas por día, sin beneficios sociales, ni salarios dignos, ni derecho a organizarce sindicalmente.
La denominada «Noble Orden de Los Caballeros del Trabajo», de fuerte extracción anarquista, comenzó a reclamar por los trabajadores explotados. El 17 de octubre de 1884, en el marco del Cuarto Congreso de la Federación de trabajadores norteamericanos, se aprobó una resolución que establecía que «la duración legal de la jornada de trabajo, desde el 1° de Mayo de 1886 sería de ocho horas».
El 1° de Mayo de 1886, casi doscientos mil trabajadores iniciaron una huelga. El éxito fue tal –victoria pírrica por cierto– que la federación expresó, textualmente, que «jamás en la historia de este país (Estados Unidos) ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales; el deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando muchos hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical».
Pero claro, esa es parte de la Historia a la que mi amigo hace referencia y al que alguna vez acusé de «desclasado». *
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