Unidad, solidaridad y lucha
Sería ocioso insistir sobre la significación de la fecha que se conmemora mañana y que desde hace más de cien años en todo el mundo es ocasión para que los asalariados expongan sus reclamos y reafirmen sus principios, aspiraciones e ideales.
En cada 1º de Mayo se recuerda con unción a los obreros estadounidenses que en 1886 se movilizaron en demanda de la jornada laboral de ocho horas y fueron ferozmente reprimidos. El ejemplo de lucha y entrega de aquellos trabajadores convertidos en mártires es propicio para que los sindicatos y las centrales que los agrupan organicen –prácticamente en todo el planeta– actos y manifestaciones multitudinarias en los que se plantean, junto a reivindicaciones genéricas y ya clásicas, demandas coyunturales.
Es así que a la clásica consigna de «unidad, solidaridad y lucha», se agregaban, en tiempos del autoritarismo pachequista, reclamos de libertad y de respeto a las instituciones y a las libertades sindicales, además del rechazo a la congelación salarial. También corresponde recordar la solidaridad entre el movimiento sindical y el estudiantil expresada en el eslogan «Obreros y estudiantes: unidos y adelante».
Desde el surgimiento de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) en 1965, los actos del 1º de Mayo fueron manifestaciones de unidad y combatividad de la clase obrera nucleada en su central sindical. Nacida en tiempos difíciles, cuando la crisis se hacía sentir con fuerza, la CNT se enfrentó tanto a las patronales hambreadoras como a los gobiernos liberticidas y fue uno de los pilares en la resistencia a la dictadura oficializada en junio de 1973. Al respecto, resulta imposible no hacer referencia a la memorable huelga general con que la clase trabajadora respondió al golpe de Estado.
Durante los años de plomo, cuando la persecución contra la oposición se manifestó con mayor virulencia, la CNT fue proscripta, pero no por ello disminuyó la resistencia clandestina al despotismo cívico-militar. Esa militancia heroica tuvo un elevado costo en compañeros perseguidos, presos, torturados y desaparecidos, pero fue un factor fundamental en la tarea de socavar al régimen espurio hasta hacerlo retroceder y entregar el gobierno a los civiles en 1985.
Desde el retorno a la democracia, el movimiento sindical ha sufrido otro tipo de embates. No la arremetida brutal de los centuriones que al amparo del terrorismo de Estado quisieron destrozar a los trabajadores agremiados, sino otra arremetida más sutil pero tal vez más eficaz: la del modelo libremercadista que ha entrado como una cuña destruyendo el aparato productivo y desregulando las relaciones laborales.
Por eso hoy, más que nunca, es preciso defender a ultranza la unidad del movimiento sindical. Sin renunciar a nuestra prédica a favor del pluralismo, de la tolerancia y del disenso, creemos nuestro deber levantar nuestra voz exigiendo unidad y rechazando todo intento divisionista disfrazado de postura «radical», «intransigente» o de mayor «combatividad». Las diferencias ideológicas o estratégicas deben dirimirse en el seno de los sindicatos, en las asambleas o en las urnas, pero jamás debe recurrirse al agravio o a amenazas más o menos patoteriles.
La central sindical, el PIT-CNT, y su conducción actual han dado sobradas muestras de combatividad, de intransigencia inteligente y de mantener intacta su conciencia de clase. Y si se cometen errores (que al fin, errare humanum est) que ello no sea excusa para lanzar gritos destemplados e insultantes contra compañeros que no los merecen.
Que el de mañana sea un acto multitudinario que exhiba al movimiento sindical más unido y firme que nunca en defensa de sus postulados y reivindicaciones. *
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