Un modelo que hambrea y denigra
En nuestra edición de ayer se publica una nota de nuestro compañero Carlos Lemos sobre la comercialización ilícita de medicamentos. La nota en cuestión se origina en un hecho menor de que da cuenta la información policial: en una feria barrial, la policía detuvo a un individuo en cuyo puesto de venta se ofrecía una variada gama de medicamentos, muchos de los cuales ya estaban vencidos. Los agentes también se incautaron de la mercadería en razón de las obvias infracciones en que se hallaba incurso el «negocio». Huelga señalar que en este caso, por tratarse de una mercadería tan especial, es preciso terminar urgentemente con ese tráfico ilegal, mucho más peligroso que la venta de comestibles sin control sanitario; sin mencionar lo que la comercialización clandestina de medicamentos implica como automedicación, una práctica que se combate con particular énfasis desde el Ministerio de Salud Pública.
Contra lo que podría suponerse, los fármacos que se comercializan de manera irregular (son varios los puestos de feriantes que se dedican al ramo) no son producto –en su inmensa mayoría– de hurtos a farmacias o laboratorios; los feriantes los obtienen de pacientes de escasos recursos –a quienes les son recetados y proporcionados por Salud Pública– y que los venden como forma de combatir la miseria en que viven. De acuerdo con la información a que hacemos referencia, las investigaciones policiales han determinado que los mayores proveedores de las drogas son los propios enfermos, sobre todo en aquellos casos de enfermedades terminales o crónicas.
A qué grado de deterioro se ha llegado para que la gente deba optar entre cuidar su salud (más que eso: combatir una enfermedad) y alimentarse. Una alternativa de hierro, una disyuntiva escandalosa que muestra no sólo pérdida de valores y de parámetros, sino también un peligroso desapego a la vida misma. Los uruguayos que han visto descender su nivel de ingresos ya no se desprenden sólo de sus pertenencias (ropas, muebles y artefactos) sino que son capaces de renunciar a curarse de un mal para subsistir.
Una realidad que muestra patéticamente el deterioro a que nos condujeron casi cuatro lustros de economía de libre mercado. Porque el episodio policial de referencia ha desnudado un proceso comercial en cuyas dos puntas nos encontramos con la crisis despiadada: por un lado, hay un mercado –es decir hay un porcentaje de la población– dispuesto a consumir medicamentos no sólo sin receta y sin control médico sino sin siquiera garantías en cuanto a la validez del fármaco; por el otro, los proveedores del producto, que son uruguayos que deben tomar cierto medicamento pero que prefieren venderlo para disponer de algún peso más.
El modelo económico ha empobrecido a la gente y, lo que es peor, la ha denigrado. *
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