El valor de la palabra

La palabra vale cuando es coherente con la conducta que indica. Es el viejo sentido que tiene en la Grecia de Pericles.

Palabra y acción como continuación de un comportamiento es lo coherente, lo ético, lo justo. Y eso es lo que hemos perdido. El discurso político es sólo retórica, abogacía. Unamuno decía que los teólogos eran los abogados de la iglesia. El compromiso del hombre y en este caso y en este año del hombre que hace política es mantener una armonía total entre la palabra y los actos. Es la única forma de recomponer ese tejido social roto, desgarrado sin piedad por los violadores del Uruguay. La gente no cree porque advierte ese divorcio entre el lenguaje y los actos; los políticos dicen querer ayudar, pero todos sabemos que lo que quieren –mayoritariamente– es el poder por el poder para satisfacer apetencias personales. Muchos están irritados por las encuestas que dan el triunfo al EP-FA, pero no por razones filosóficas o más o menos racionales que sería lo aceptable de una democracia, sino por miedo a perder privilegios que han detentado ilegítimamente. Gente que siempre ha estado con el que gana, sea blanco o colorado o rojo; no importa. Han sido los reyes del acomodo; los Fouché de estas últimas décadas.

Y tienen miedo porque todo su poder y riqueza no les ha dado una pizca de paz o de felicidad porque están embrutecidos por la «cosa» no por el «otro», o sea les importa más sus dólares que el dolor ajeno.

Hay un libro recomendable al respecto de Erich Fromm, «Ser y Tener» donde explica esta alineación, esta pérdida de la esencia humana prostituida por la avaricia sin fin y sin fondo.

El miedo al Frente, en el 95% de los casos es miedo a perder rango y dinero y posibilidad de seguir ganando lo que ya no necesitan. *

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