La solidaridad es por nosotros mismos

Lo que sigue es, si cabe el término, un complemento, humilde y sin demasiadas pretensiones, a una muy buena nota del compañero Hugo Cores publicada en la contratapa de LA REPUBLICA del domingo 18 de abril, referida a nuestra participación en Caracas con motivo del 2º Encuentro de Solidaridad con la República Bolivariana y el Gobierno Institucional de Venezuela.

Digo con Venezuela, más allá de la lógica simpatía y expectativas que su gobierno nos despierta, porque de la suerte de ese hermano país latinoamericano depende hoy buena parte de nuestra propia suerte.

Entre algunas frases y acontecimientos ocurridos en esos días allí, que provocan reflexiones profundas, quiero destacar –por cuestiones de espacio– solamente dos, que creo resultan cruciales para entender, al menos, el objetivo que persigue esta nota.

La primera es que se dijo, y quedó establecido para todos los presentes, que más que por solidaridad –que por supuesto estaba en el espíritu de todos– concurríamos por nosotros mismos, por el propio futuro. Esto es: si Venezuela logra consolidar este proyecto que sin duda beneficia a los más carenciados, los que allá como acá y en casi todos lados han sido los más postergados, se abren más posibilidades para la especie y los Derechos Humanos en el planeta.

No quiere decir, por cierto, que el «molde» o esquema venezolano deba ser el aplicable y ni siquiera imagino que pueda ser repetible. No ignoro que ese proceso, el de la revolución «bonita» como ellos llaman, que es democrática, pacífica y que busca la transparencia, enfrenta enormes dificultades tanto internas como externas y que tiene, además, luces y sombras.

Sí me consta que es democrático, no solamente porque emana de la voluntad popular, sino porque reina irrestricta libertad de prensa y de expresión, al punto que no sanciona infundios y hasta mentiras que desde algunos medios de comunicación se emiten.

También lo es porque intenta democratizar los resultados económicos, llevando oportunidades, alimentación, alfabetización y asistencia médica a millones de personas que carecían de las mismas. Y no transcurre más pacíficamente porque la «contra» no solo hostiga permanentemente al gobierno y especialmente al Presidente Chávez, sino porque además las zonas cercanas a la frontera con Colombia son objeto permanente de agresiones de neto corte terrorista que han cobrado ya más de un centenar de vidas, en un accionar que recuerda el suplicio al que se vio sometido –desde Honduras, por ejemplo– el pueblo nicaragüense. Estas y otras muchas cosas, sumadas al enfrentamiento con la política que lleva adelante Bush, hacen que el mundo observe y siga con atención este proceso tan rico y entusiasta como esperanzador.

Del éxito de la revolución bolivariana depende entonces que se vaya alterando la correlación de fuerzas y que se posibiliten, por ejemplo, acuerdos comerciales más justos y solidarios que ya mismo, o en el futuro inmediato, puedan resultarle imprescindibles a nuestro país y a toda la región.

La segunda reflexión está referida a si el proceso es o no revolucionario.

Asumiendo el riesgo de incursionar en un terreno para mí difícil y donde cabe seguramente más de una opinión –y mucho más calificadas que la yo pueda plantear–, me juego en este caso por un razonamiento simple pero no por ello exento de profundidad. El prestigioso José Vicente Rangel, vicepresidente de Venezuela, explicaba las medidas ya implementadas y sus alcances; entre otras, hizo mención al Plan (Misión, le llaman ellos) «Barrio Adentro» que consiste en consultorios instalados dentro de las zonas carenciadas, aquellas que no ejercían el derecho a la atención de la salud –por imposibilidad económica o porque al bajar la ladera de los cerros ya llegaban tarde– en los que colaboran miles de médicos cubanos que no solamente atienden sino que además conviven en duras y diferentes condiciones según la zona del país donde se ubiquen, en un ejemplo de vida y altruismo que pocos como ese pueblo caribeño le dan al mundo.

Rangel se preguntaba  y a la vez nos interpelaba- sobre si el hecho de llevarle asistencia médica gratuita a millones de personas que antes no tenían acceso a ese beneficio, era o no una medida revolucionaria. Concluía esta mención solicitando que si esa acción no podía catalogarse como tal, que por favor alguien le indicara qué era lo que debía considerarse revolucionario.

Soy consciente de que este relato no agota la discusión ni salda por sí solo la cuestión que nos ocupa.

Solamente dejo sentado que para mí fue algo revelador y que no tengo empacho en decir que me convenció con ese razonamiento, que además pudimos reafirmar dos días más tarde en una visita que hiciéramos a los cerros caraqueños, en diálogo con algunos pobladores y con los ejemplares médicos cubanos.

La lección de Venezuela, peculiar, inédita, con muchas incógnitas por develar, con más recorrido a transitar que el transitado hasta ahora, es mucho más profunda e importante de lo que a muchos pueda parecernos.

Es, ante todo, un camino de construcción permanente, plagado de dificultades y minado de sinsabores, pero que evidencia realizaciones y gratitudes palpables.

Venezuela hoy, es mucho más que ella misma. Puede ser, también y más allá de diferencias lógicas, la lucha nuestra o de cualquier país.

Lo que no debemos hacer es renunciar a la solidaridad con este hermoso y agredido pueblo, cuyo esfuerzo lo justifica y merece.

Lo que debemos tener presente, ahora más que antes, es que la solidaridad es necesaria porque nadie puede solo. Y que lo que vale para ellos, vale para todos. *

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