Caperucita y el "Lobby" Feroz

Leía ayer en un titular de LA REPUBLICA que en Argentina denunciaron que el » lobby» ganadero uruguayo impide importar su carne barata. Yo sé doña Rosa que usted no entiende mucho de esa terminología gringa incorporada a nuestro idioma últimamente, pero ¿sabe una cosa? En este caso la traducción es fácil, «Lobby» quiere decir «lobos», los lobos ganaderos uruguayos que, no conformes con haberse comido a la abuela, ahora quieren tragarse también a Caperucita. ¿Se acuerda del cuento aquel?

Y como esta conversa viene medio entreverada, le diré que el asunto es que nosotros no podemos comer carne por dos razones: porque los ganaderos uruguayos la aumentaron un disparate y porque los ganaderos uruguayos tampoco dejan que se traiga más barata de otros lados e incluso amenazan al gobierno con que no van a pagar sus créditos si lo permite. ¡Mirá vos! Amenazan con no pagar los créditos, como si eso fuese algo nuevo, cuando bien sabemos que hay más de un pelucón latifundista ganadero que le debe fortunas al Banco de la República que es como decir a nosotros, a usted doña Rosa o a usted don José que al fin y al cabo y al menos constitucionalmente, somos los dueños del banco y de la platita que debiera estar adentro (nunca se sabe).

Pero lo más triste de todo esto es que si uno se pone a mirar los apellidos de los que tienen la sartén por el mango (y el mango también, por supuesto) descubre que es como si se estuvieran amenazando a ellos mismos, porque desde hace tiempazo, compañero, los que nos gobiernan pertenecen a la aristocracia ganadera y el que más o el que menos tiene su «estancita» para despuntar el vicio.

Y es entonces que aprovechándose de la miseria de la gente, de la desesperación por parar la olla para la prole con cuatro pesos, aparecen estos fulanos, tan miserables como los ganaderos, que venden fideos y ravioles baratos, contaminados, amasados entre ratas y cucarachas y rellenos de vaya a saber qué cosa. Porque la gente ya no sabe qué hacer cuando saca cuentas y muchos comprenden que tienen que trabajar cuatro o cinco horas para comprarse un kilo de carne picada y no les da el bolsillo para esos lujos.

Sea como sea, doña, la cosa es que los de abajo, los más sufridos, los que no podemos amenazar al Banco República con no pagarle los créditos porque nos mandan al Clearing por trescientos pesos de atraso y nos escrachan para toda la vida, nosotros, le decía, para ver un churrasco tenemos que mirar Agroinforme en televisión.

Y estos señores del «lobby» de lobos, siguen esperando, agazapados en la casita del bosque, que llegue Caperucita y les pregunte: ¿Para qué tenés esas garras tan afiladas? Y entonces poder contestarle: para hacer lo de siempre, Caperucita, pegar el zarpazo y quedarme con el pedazo más grande de la torta.

Y ni colorín, ni colorado, este cuento no acaba nunca. *

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