Las cifras de la injusticia
Según datos proporcionados por un organismo no estatal de Costa Rica, hay en América Latina cerca de cuarenta millones de niños en situación de calle. Son esas criaturas que vemos a diario ofreciendo supuestos «servicios» en las esquinas a los automovilistas o directamente demandando alguna moneda para subsistir y seguir sobreviviendo en las condiciones infrahumanas a que están acostumbrados.
En algunos países latinoamericanos (México, Bolivia, Perú, Ecuador) el veinte por ciento de los menores de catorce años desarrolla alguna actividad laboral, si es que se puede llamar así al trabajo en condiciones de quasi esclavitud a que están sometidos. En nuestro país los porcentajes disminuyen sensiblemente respecto de la media, pero en Argentina, en Brasil, en Centroamérica, las cifras, elocuentes y aterradoras, hablan de varios millones de niños usados en redes de narcotráfico o trabajando a cambio de una paga irrisoria. Desde luego, se trata de niños marginales, niños que viven realmente al margen de la sociedad, al margen de sus pautas, al margen del sistema educativo y de los servicios de salud, al margen de la familia y del afecto.
Esa condición de marginalidad en que se hallan los torna fácil presa de organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas, a la prostitución infantil, al tráfico de órganos y al negocio de las adopciones clandestinas.
Esta dolorosa realidad conmueve a todos los espíritus sensibles. Es así que, por ejemplo, el editorial del matutino El País del miércoles 21 aborda este problema sublevante, aporta las cifras citadas y no oculta su indignación ante la injusticia. Sin embargo, la terapéutica propuesta para combatir el mal se limita a sugerir meros paliativos, como es el reclamo de políticas asistenciales.
Entendemos acertado que se impulse ese tipo de políticas que van desde las canastas de alimentos entregadas gratuitamente hasta los intentos de reinserción escolar; y consideramos loable la tarea desarrollada por diversas ONG cuyo encomio en rescatar a los niños en situación de calle es digno de resaltar. Pero vanos serán los esfuerzos asistencialistas si los mismos no van acompañados de un viraje radical en la política económica, de modo de sentar bases sólidas de desarrollo que contemplen al ser humano y no solamente los indicadores macroeconómicos.
Mientras el PBI exhibe un relativo crecimiento en América Latina, y los impulsores del libre mercado insisten en las bondades del modelo, esta realidad de los niños en situación de calle muestra, de manera irrefutable, a cuánto ascienden los «inevitables costos sociales» del crecimiento económico en el marco del neoliberalismo. Queda al desnudo la profundización de la brecha entre ricos y pobres en una espiral demente de concentración y exclusión.
Los niños de la calle, víctimas de un modelo esencialmente injusto, merecen la especial atención del Estado (y no solamente de las ONG). Pero también es preciso cerrar definitivamente la usina generadora de miseria y exclusión, responsable de iniquidades sublevantes. *
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