Democracias socavadas
Ha causado cierto revuelo en Perú la publicación de un trabajo colectivo promovido nada menos que por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
La iniciativa fue impulsada por una figura política que ha ido tomando relevancia continental, en tanto estadista e intelectual, como lo es Dante Caputo. El ex canciller argentino preside una organización que justamente tiene como objetivo promover el desarrollo democrático en América.
De acuerdo con una reseña publicada en Clarín de Buenos Aires, el trabajo se realizó en 18 países de la región, y dejó al descubierto que una porción importante de la sociedad no está satisfecha con la democracia. El 54,7% de los consultados preferiría un régimen autoritario si esto garantizara una mejora económica.
Como suele ocurrir en este tipo de relevamientos, la muestra puede contener elementos de imprecisión significativos. No obstante, en la medida que las estimaciones se han realizado con cierta periodicidad, la comparación entre los datos recogidos en un período y en otro permite atisbar hacia dónde marchan los procesos políticos en nuestro subcontinente.
Patria de promisión de la desigualdad en la distribución de la renta, la sociedad latinoamericana adquiere cada día más los rasgos de inestabilidad y precariedad institucional de que a diario da cuenta la prensa.
No podía ser de otra manera. Agotado el ciclo de las dictaduras militares de cuño terrorista, las nuevas democracias, en las que tantas expectativas se afincaron a mediados de los ochenta, contienen en su interior una espesa resonancia de malestar y desengaño.
El informe señala que las evidencias de la insatisfacción están creciendo: el 43 por ciento de los latinoamericanos respalda plenamente la democracia, mientras el 30,5 por ciento expresó ambivalencia y el 26,5 por ciento tiene puntos de vista no democráticos.
Desde el año 2000, cuatro presidentes electos en América latina fueron forzados a renunciar antes de que concluyeran sus mandatos, ante el rechazo de la población a sus políticas.
El estudio muestra, de acuerdo con la crónica citada, que en esta generación, los latinoamericanos que llegaron a la edad de votar virtualmente no experimentaron aumentos de salarios. También revela disparidades récord en la distribución de los ingresos. En 2003, 225 millones de latinoamericanos tenían ingresos por debajo de la línea de la pobreza.
La visión que la población e incluso los propios líderes políticos tienen de los partidos políticos también habla de un marcado descaecimiento del prestigio o la popularidad que en otros tiempos disfrutaban.
El informe aportado por el doctor Dante Caputo parece sintetizar lo que a diario un ciudadano medianamente bien informado puede constatar leyendo el periódico o participando de cualquier intercambio de ideas entre sus vecinos o colegas: los políticos tienen mala prensa, el Parlamente no aparece jerarquizado, el intercambio político es visto como una actividad banal, en el mejor de los casos de escasos resultados para resolver los problemas del país.
No es de extrañar entonces que se vuelva más atractiva, al menos para algunos sectores de la ciudadanía, la recurrencia a lo poderes fuertes, a las entonaciones autoritarias y despóticas.
Paradójicamente, muy a menudo, en las cocinas de esta labor de socavamiento de la democracia están los mismos operadores políticos, económicos y mediáticos que capitanearon los procesos de redemocratización en los ochenta.
La persistencia contumacial en una línea de acción por parte de las clases dirigentes que dan la espalda a la agenda social, que se niegan a atender y resolver los problemas que afligen a la población, parece colocar a los países latinoamericanos como atados a la rueda de la noria.
Sin desarrollo económico y social no hay democracia; las constituciones, por liberales que sean, pierden consistencia material, se vuelven letra muerta y, a la corta o a la larga, los liberales terminan recurriendo a los expedientes autoritarios. *
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