Una lección de intransigencia y coraje
En un día como el de hoy pero de 1825 –hace de esto exactamente 179 años– un núcleo armado de treinta y tres hombres al mando de Juan Antonio Lavalleja invadía, desde la Confederación Argentina, el territorio de la Provincia Oriental que, con el nombre de Provincia Cisplatina, estaba ocupado por fuerzas luso-brasileñas.
La efeméride que hoy se celebra es uno de los sucesos más trascendentes de nuestra historia por lo que significa de patriotismo (del patriotismo bien entendido) y con su carga de auténtica heroicidad. Si bien es cierto que, como lo hemos dicho en más de una oportunidad, no se puede hablar de guerras justas o injustas puesto que todas son intrínsecamente injustas por los efectos devastadores sobre la población civil, la Cruzada Libertadora –como toda guerra de liberación contra un ejército de ocupación o contra un tirano vernáculo– halla su legitimación en el hecho de que la patria se hallaba sojuzgada por un poder extranjero que contaba (como suele ocurrir por regla general) con el apoyo obsecuente de colaboracionistas traidores. Decimos esto último porque no podemos olvidar a varios prohombres que recibieron alborozados al invasor portugués en 1917, que en 1921 se prestaron a rubricar, en el Congreso Cisplatino, la anexión de la provincia a la corona portuguesa, y que ocuparon cargos relevantes de gobierno bajo la administración de Lecor.
Con las honrosas excepciones de los hermanos Oribe (Manuel e Ignacio), Gabriel A. Pereira y los españoles Domingo Cullen, Antonio Díaz y Francisco Aguilar, puede decirse que la mayoría de los nombres que integran hoy el nomenclátor tienen la mácula de haber servido a los intereses portugueses primero y brasileños después del Grito de Ipiranga de 1822.
Cierto es que muchos de ellos, luego de verificada la ruptura entre el barón de la Laguna y el comandante de la guarnición portuguesa, don Alvaro da Costa, se volcaron a la oposición e incluso a la resistencia al poder imperial, aunque sin abdicar de su profundo antiartiguismo.
La intransigencia, el tesón y la audacia de Lavalleja fueron las cualidades que hicieron posible el éxito de la Cruzada. Cuando pocos días después del desembarco, el 7 de mayo, el ejército patriota llega al Cerrito y pone sitio a Montevideo, las fuerzas extranjeras y los orientales colaboracionistas recibieron una sorpresa mayúscula pues nadie sospechaba la posibilidad de una campaña tan fulminante de aquel puñado de intrépidos.
Esa dosis de locura –imprescindible para las grandes empresas– operó el «milagro» de que un grupo de unas pocas decenas de hombres mal armados fuera creciendo a medida que se registraban incorporaciones masivas y lograra, luego del resonante triunfo de Sarandí, que el gobierno de Buenos Aires declarara la guerra al Imperio del Brasil con las consecuencias que todos conocemos.
En resumen, una gesta gloriosa que merece nuestro homenaje no sólo en los aniversarios sino todos los días, como forma de no olvidar la enseñanza que nos deja. Una enseñanza de coraje, de heroísmo y, sobre todo, de intransigencia. Frente al posibilismo timorato, a la prudencia mal entendida que opera como freno a la audacia, recordemos y tengamos presente la lección de aquellos treinta y tres locos. *
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