Aborto: la razón del arzobispo
Monseñor Cotugno habría realizado una comparación equivalente al crimen de las torres gemelas o de los trenes de Atocha españoles con el aborto. En efecto, en las torres murieron alrededor de 300 seres humanos como en Atocha 200 en asesinatos alevosos de víctimas inocentes. Con la práctica de los abortos, son cientos de miles de inocentes seres humanos que son arrancados del vientre de sus madres y que como es obvio tienen el mismo derecho a la vida como cualquier viviente. ¡Muy bien Cotugno!
El crimen más cruel, cobarde, salvaje y alevoso, es el que se hace contra el único ser que ni siquiera tiene la posibilidad de la protesta.
El niño nace, se le da la clásica palmada en la espalda y grita como expresión de existencia.
El embrión o feto, con sentidos, latidos, emociones y alma, incipientes sí, pero existentes y en desarrollo desde la primera célula, depende de la generosidad, grandeza, sacrificio y amor o de la mezquindad y miseria espiritual de sus progenitores. Está absolutamente inerme.
Para las religiones judeo cristianas, desde la fecundación del óvulo por el espermatozoide, existe el ser humano con todos sus sentidos y el alma correspondiente. Para los materialistas que no creen en el espíritu o sea el alma, consideran según la ley aprobada en Diputados en forma muy «pintoresca» que recién a los tres meses el feto se transformaría en «humano» pues la prohibición de asesinarlo correría después de esa fecha.
En los tres primeros meses se habilitaría el aborto como si desde la primera célula no fuese persona con derecho a la vida.
Un verdadero disparate. Entre las barbaridades que se sostienen, se alega la protección a la vida de la madre.
Pero, la vida materna con toda su importancia, en primer lugar se protege persiguiendo, cerrando y sancionando las clínicas abortivas clandestinas. Cosa fácil para la policía de Stirling y el Ministerio de Salud Pública. Y en segundo lugar si bien preocupa y con razón la seguridad materna cuyas víctimas pueden oscilar en un 10 o 15%, no preocupa o se les importa muy poco el cien por ciento de criaturas que son asesinadas terminando en las cloacas. No hay vida de primera clase o de cuarta clase. La vida es una sola, para todos por igual.
La Conferencia Episcopal uruguaya (CEU) insta a apoyar candidatos contrarios al aborto en los próximos comicios. Y también estoy de acuerdo.
Los cristianos somos defensores de la vida, sustancial y filosóficamente radicales en preservarla y defenderla. Ningún católico puede preferir la muerte y apoyar a quien sostenga su legalidad. El único que puede decidir sobre la vida es Dios. La da o la quita según lo crea oportuno y pertinente.
Se sostiene que el aborto es producto de un problema económico. Quizás. Pero también es cierto que las prácticas abortivas son absolutamente mayoritarias en las clases sociales media para arriba.
En los estratos sociales más humildes y míseros se tiene la criatura, se le mantiene con sacrificios y angustias su desarrollo y necesidades y se les cría.
Los abortos se dan en cambio, profusamente, entre las «niñas bien», de sociedad media y alta de barrios residenciales. Que por supuesto, económicamente pueden mantener las criaturas y pagar un aborto que es por cierto, caro.
El pobre no mata a los hijos por razones sociales. El rico sí, por el «qué dirán».
Se argumenta que no es posible la proliferación de criaturas en estado de desnutrición y miseria como justificante del aborto. Sin perjuicio de que el Estado debe crear recursos, fuentes de trabajo y distribuir la riqueza con equidad como corresponde, buena cosa es señalar que por liberar el aborto los niños de «la calle» no van a desaparecer.
No se debe sacar comensales de la mesa sino dar más pan a los comensales. Lo dijo el Papa y no yo. Y es obvio que tiene razón.
Pero además, si no se pueden tener hijos hay métodos que incluso la Iglesia admite, ejemplo el de los períodos menstruales femeninos entre otros, para evitarlos. Jamás matarlos. Una cosa es evitar sanamente y otra es asesinar alevosamente. Llama la atención, que los principales defensores del aborto sean legisladores femeninas. Justamente la mujer tiene por concepción mental y sentimental un maternal y entrañable amor por el niño.
Movimientos feministas europeos sostienen que «como nosotras los parimos somos las que decidimos».
¡Son peor que las bestias! En el reino animal, hasta las víboras cuando se encuentran en peligro se tragan las viboritas para regurgitarlas pasado el riesgo, salvando sus vidas a riesgo de la propia.
¡Son muy buenas madres preservando la especie! Se agrega además en otro punto por demás «pintoresco», que la que decide sobre la oportunidad de abortar es en forma unilateral, la mujer. O sea, el padre está «fuera» de la decisión de vida nada menos que de su hijo. Si se le mantiene vivo, es obligado por ley a su mantenimiento y cuidado propio de la paternidad. Pero si se le mata al hijo, no es necesario ni consultarlo. Disparatado, inhumano e inexplicable. Los dos son responsables.
Otro argumento a nivel del mundo globalizado, es la inconveniencia de la superpoblación y la carencia de comida futura.
Esta razón parte precisamente de los imperios y países desarrollados.
El peligro en el caso yanki, es que la invasión pacífica latina a sus costas ya consiguió buena cantidad de diputados y senadores en Congreso y no es descabellado pensar en el «peligro» de llegar un presidente que en lugar de llamarse Bush o Kerry, mañana sea Martínez o Rodríguez. Brutal para los sajones imperiales.
O sea, no es un problema de comida sino de poder imperial racial.
Finalmente, lo que nadie menciona haciéndose los distraídos. Son los carniceros, los que usando el bisturí, médicos y parteras, desaprensivos y criminales destripan criaturas por dinero.
Los que hicieron al doctorarse el juramento hipocrático de salvar vidas y por dinero, las quitan. Para ellos sí se debe legislar adecuadamente con el peso total del Código Penal.
No hay argumento ético o humano que los exonere. No tienen perdón de Dios.
Por lo expuesto, mi humilde pero mayor apoyo sentido a monseñor Cotugno y a la Conferencia Episcopal (CEU) por la coherencia, humanidad y piadosa defensa de la vida. *
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