El verdadero bipartidismo
Se afirma que desde su nacimiento como país, el Uruguay tuvo un régimen bipartidista que sólo vino a quebrarse con la irrupción del Frente Amplio en la vida política nacional. Puede decirse que esta aseveración reflejaba la realidad pues hasta 1971, los partidos «de ideas» (Partidos Socialista, Comunista y Demócrata Cristiano), si bien contando con representación parlamentaria, significaron un caudal electoral apenas superior al diez por ciento de los ciudadanos.
Pero la nueva fuerza –surgida de la unión de los partidos menores con sectores desprendidos de los partidos tradicionales– desequilibró el statu quo e hizo que se pasara a un sistema tripartidista, hecho que se verificó en la elección de 1994, mostrando un electorado prácticamente dividido en tercios.
No obstante, el crecimiento sostenido e incontenible del conglomerado de izquierdas llevó, en los hechos, a un nuevo bipartidismo en el que aparecen los dos partidos tradicionales por un lado y la izquierda por otro, pues ese crecimiento de las fuerzas progresistas obligó a los partidos históricamente adversarios a unirse para impedir el triunfo de aquéllas. Claro está que hay quien sostiene que en rigor puede hablarse hoy de un tetrapartidismo en Uruguay si contamos a los dos partidos tradicionales separadamente, la Nueva Mayoría (EP-FA más NE) y el Partido Independiente.
Ahora bien, en realidad, desde 1836 (batalla de Carpintería, hecho de armas que se toma como origen de los partidos, cuando aparecen por primera vez las divisas tradicionales blanca y colorada), no hubo dos partidos netamente diferenciados en cuanto a ideología, principios y programa, sino dos colectividades que hallaban su identidad en la adhesión bastante irracional a un caudillo o en la memoria venerada de ciertas gestas más o menos gloriosas.
Es cierto que en su origen, blancos y colorados representaron intereses opuestos. En términos generales puede decirse que el Blanco fue el partido que aglutinó al elemento rural, quizá más conservador, mientras el Colorado, tal vez más liberal, se volcaba a la ciudad-puerto. Pero pronto tales diferencias se desdibujaron por cuanto en el seno de ambas colectividades coexistieron elementos conservadores y liberales, representantes del agro y del comercio, doctores y «candomberos». Y no pocas veces hubieron de enfrentarse dirigentes y cuadros de un mismo partido entre sí en alianza con elementos del partido adversario. En el Coloradismo es notoria la resistencia que opuso el Riverismo a las reformas de Batlle y Ordóñez, por ejemplo; y en el Nacionalismo, basta mencionar el Radicalismo Blanco de Carnelli, opuesto al Herrerismo. La dictadura de Terra también provocó rupturas internas y alianzas extrapartidarias coyunturales, lo que demuestra la ausencia de unidad y de cohesión y coherencia ideológicas que exhiben los dos partidos tradicionales. Más cerca en el tiempo, ningún politólogo extranjero podría explicar el hecho de que hayan sumado sus votos figuras tan disímiles y antagónicas como Bordaberry y Flores Mora en el Partido Colorado, o Wilson Ferreira y Aguerrondo en el Partido Nacional. Ambos partidos cobijaron en su seno sectores de izquierda y de derecha.
Pero de alguna manera, las diferencias internas reseñadas, denotativas de la incoherencia ideológica de los partidos históricos, se han diluido en la medida que, merced a la última reforma electoral, se ha producido un sinceramiento. En el Partido Colorado sólo sobreviven pequeños sectores que podrían ubicarse en la zona vagamente llamada de izquierda, con lo que la colectividad de Rivera se ha convertido en un partido monolíticamente conservador. El Partido Nacional, por su parte, aún debe dirimir en las primarias de junio quién será su candidato a la presidencia. Sólo en caso de un triunfo del senador Larrañaga, podríamos decir que nos hallamos frente a un partido más cercano al centro.
En fin, sea como sea, desprovistos de un ala izquierda más o menos consistente, los partidos tradicionales parecen haberse mimetizado y ofrecen, a los ojos del ciudadano común, una única opción conservadora. *
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