La hipocresía de todos los días
¿Es posible que un tema, como el de la interrupción voluntaria del embarazo, provoque tantas expresiones hipócritas y agresiones amenazantes, como las proferidas por algún prelado, que quiere sancionar a los políticos que tengan una posición favorable a la Ley que hoy se considerará en el Senado de la República?
Entendemos, por supuesto, que es un tema de espinosa consideración, en el que está en juego además del inicio de la vida, posiciones morales y éticas difíciles de conciliar. En ese terreno, también sabemos que muchos manejan razones válidas desde las posiciones más encontradas. Pero, más allá de eso, nadie puede negar que el aborto es una práctica habitual en nuestro país, prohibida en el papel, pero admitida en los hechos. ¿Quién no sabe en dónde están emplazadas clínicas que realizan estos procedimientos, cuya «clandestinidad» desapareció, barrida por la modalidad de una sociedad que resuelve desde hace muchos años el «problema» del embarazo no deseado de mil maneras, incluso las más peligrosas para la vida.
Claro, ello va en proporción directa a las condiciones de vida de las mujeres. ¿Se imagina el lector cómo hace una mujer que vive en un barrio marginal, desesperada en su condición de vida por debajo de la línea de la pobreza, para resolver el problema de un embarazo no deseado; esa misma mujer que no tiene la posibilidad de recurrir a una de las muchas clínicas clandestinas, atendidas por profesionales de la medicina, que hacen pingües dividendos en el marco de la actual situación, de una prohibición que está en desuso?
Por supuesto, esas mujeres recurren a los métodos más primitivos, más cruentos, algunos totalmente aberrantes que en muchas oportunidades terminan con la muerte de la desesperada mujer. Sería bueno que quienes amenazan a los políticos con los «rayos y centellas» de un repudio generalizado por el «pecado capital» que cometerían «contra la vida» si hoy votan favorablemente la Ley de Salud Reproductiva, buscaran una solución para esas «aberraciones» que a diario se comenten en nuestra sociedad.
Coincidentes con el pensamiento del arzobispo de Montevideo podrían ser una serie de acciones que podría él mismo ordenar, iniciando desde cada una de las parroquias que existen en el país una campaña de denuncias contra las clínicas clandestinas. Así, en lugar de manifestar una posición que a los ojos de muchos aparece con ingredientes de hipocresía, encabezarían una militancia consecuente con las ideas que expresan. Porque, como los periodistas sabemos dónde funcionan muchas clínicas de este tipo, como también lo conoce la Policía y el Ministerio de Salud Pública, sería consecuente con esa militancia, que desde cada parroquia se hagan las denuncias correspondientes. Que monseñor Cotugno tome el toro por las guampas y ordene la movilización de la grey católica para descorrer ese velo de hipocresía que, de alguna manera, oscurece las palabras de algunos que pronuncian encendidos discursos a favor de la vida y contra la muerte.
Podríamos decir que el proyecto de ley que hoy se considera en el Parlamento tiene como objetivo regularizar una situación de hecho y permite a las mujeres provenientes de los sectores marginales, los más pobres, tener una atención correcta desde el punto de vista sanitario. Obviamente la aprobación de este proyecto de ley no produciría un aumento del fenómeno del aborto, porque la maternidad es un hecho esencial para la vida de las personas. Sólo las desesperadas que temen por el futuro de sus hijos, o quienes -en otros estamentos de la sociedad – tratan de resolver una contingencia no deseada, seguirán utilizando métodos aberrantes para la salud o concurriendo a cómodas y caras clínicas en las que nuestra sociedad trata de borrar una situación que sigue estando presente. *
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