Riqueza dilapidada

Si comenzamos a enumerar las falencias que le dejará al país el gobierno de Jorge Batlle cuando en marzo de 2005 le transfiera el poder a quien obtenga el triunfo electoral, tendríamos que escribir mucho más de lo que es posible en una nota editorial.

Por ello vamos a detenernos en un tema que muestra la incapacidad vergonzante de quienes han planificado, en base a incentivos fiscales, la forestación en el país, pingüe negocio que, en un principio, no estaba en la producción de la materia prima sino en el cobro de los subsidios que entregaba el Estado para fomentar la actividad.

Se forestó al barrer, manejándose índices para medir la calidad de las tierras en un alambicado proceso que, como siempre ha ocurrido en este país, terminó favoreciendo a los mismos de siempre. Otros se subieron «al carro» ofreciendo el «maná» proveniente de parcelas incipientemente forestadas que, al iniciarse la exportación, determinarían un continuo ingreso de dinero para sus adquirentes.

Claro, como en este país se cumplen a pie juntillas las «ideas» provenientes del Banco Mundial, no se tuvo en cuenta que políticas similares estaban desarrollándose en otras partes del mundo y que los índices Coneax no eran un invento uruguayo. La naturaleza hizo su trabajo y de aquellos retoños se crearon los gigantescos montes, muchos de los cuales tienen como futuro posible ser arrasados por el fuego. Se plantaron cientos de hectáreas y se habló mucho más de la cuenta acerca de cómo se exportaría esa riqueza, del significado del desarrollo que ello traería aparejado. Los árboles, en general, ya han cumplido su ciclo y todavía no se han podido talar porque hay sobreoferta de madera en el mundo y, además, en el país no se han creado las condiciones para transportar esa riqueza a los puertos. No se mejoraron las vías férreas, ni se dragaron los pasos sobre el río Uruguay, ni se trató de utilizar la riqueza maderera en el desarrollo de industrias locales que podrían dar trabajo a miles de uruguayos.

Fueron millones de dólares de subsidios a una actividad que, en su momento, fue manejada como un ejemplo a imitar. Un negocio en el que también participaron miles de pequeños inversores que hoy se encuentran con «el agua al cuello» porque no hay soluciones para realizar los dividendos de su inversión a mediano plazo.

¿Vale la pena seguir con este relato del drama uruguayo? De esa incapacidad de los gobiernos que fracasan siempre, metidos en una vorágine de intereses cortoplacistas. ¿Cómo se le pedirá ahora a un pequeño o mediano inversor dinero para cualquier tipo de emprendimiento, si el gobierno ha sido incapaz de conducir ese, en primera instancia, exitoso proceso de forestación.

Recién ahora el Ministerio de Transportes y Obras Públicas llama a licitación para mejorar algo más de mil kilómetros de vías férreas, con el objetivo  declarado  se sacar la producción forestal. Sin embargo, la desprolijidad nuevamente está jugando su papel y se entiende, con bastante buen fundamento, que en ese llamado a licitación «hay gato encerrado» y es posible  como ocurrió en muchas otras provenientes del mismo Ministerio  que saquen provecho algunos que siempre han vivido prendidos a la «teta» del Estado.

Ni vías férreas actualizadas, ni carreteras adecuadas, ni puertos para sacar la madera, ni el fomento de una industria básica para realizar una explotación local de esa riqueza en un país en que hasta los muebles de peor calidad son importados de países vecinos. Todo dejado para último momento, sin el más mínimo criterio, sin que a esta altura nadie se ruborice por tanta incapacidad.

Menos mal que algunos advirtieron la existencia de toda esa riqueza y ahora tratan de crear, en algunas zonas del litoral, empresas procesadoras de esa materia prima que pueden traer aparejadas agresiones al medio ambiente. Sin embargo, ¿qué otro camino queda para que esa riqueza no se dilapide?

La democracia es perfectible, pero tiene la virtud de sustituir a un mal gobierno. Los responsables deberán pagar, por lo menos con sus cargos, tanto desacierto e irresponsabilidad. *

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