El laberinto del Minotauro
Ayer se cumplió el primer aniversario de la caída de la gran estatua de Saddam Hussein que se encontraba en el centro de Bagdad, fecha que simbolizó para el mundo la caída del régimen del dictador, tres semanas después del lanzamiento de la operación «Libertad en Irak», quizás una de las más escandalosas agresiones de Occidente contra el mundo musulmán, arguyendo motivos en ese momento polémicos que hoy, a tan sólo un año del inicio de la agresión, se sabe que eran falaces.
Lo que ocurre hoy es otra historia: EUUU y sus aliados se encuentran empantanados sin que se pueda avizorar que los objetivos buscados en la tremenda agresión hayan sido alcanzados. El grupo de grandes petroleras, pese a que han podido hacerse de los pozos existentes en Irak, ve con alarma un deterioro progresivo de la situación que ha convertido en cada vez más grave una guerra, con un costo de vidas impensable y que no le asegura a nadie que esos pozos puedan ser mantenidos indefinidamente. Los distintos grupos étnicos que habitan en la región, separados en forma tajante por siglos de disputas, hoy se han unido en una batalla creciente contra los ejércitos invasores, con un único objetivo: hacer ese territorio un infierno inhabitable para quienes osaron, vía la llamada «guerra preventiva», invadir a un país relativamente organizado y poseedor en su subsuelo de una de las reservas petroleras mayores del planeta.
Cada día que pasa aumenta el número de bajas estadounidenses en una confrontación que se vietnamiza a pasos acelerados. La revuelta de chiítas y sunítas está poniendo contra las cuerdas a las fuerzas de ocupación que lidera EEUU, y el Departamento de Defensa reconoce ya, todavía en tono bajo, que la situación se les ha ido de las manos. La tensión bélica es especialmente grave en torno a Faluya y Nayaf (la zona «hortifrutícola» a la que han sido enviadas las tropas españolas en «misión humanitaria»). Y la escalada de los últimos días pone aún más en evidencia lo ilusorio del traspaso de poderes a una autoridad civil, previsto para el 30 de junio.
Además, a pesar de que la economía de EEUU comienza a generar empleos -la asignatura económica pendiente de George Bush de cara a la reválida electoral de noviembre-, las encuestas establecen que la popularidad del presidente cae de forma acelerada. Su índice de aceptación, que alcanzó el 90% tras los atentados del 11 de setiembre de 2001 y se mantuvo en torno al 70% durante meses, ha caído en abril hasta el 43%.
Se trata del nivel de popularidad más bajo en más de tres años de presidencia. Y el declive está directamente ligado al agravamiento de la situación en Irak. Sólo el 40% de los estadounidenses está conforme con la manera en que Bush y su equipo están gestionando la supuesta posguerra iraquí, frente al 60% que mostraba su aprobación a mediados de enero.
En EEUU, como en muchas otras democracias, los ciudadanos suelen votar con el bolsillo. Es decir, mantienen a su presidente en el puesto si la economía va bien. Pero cada día que pasa aumenta la percepción de que la reactivación económica no da plenas garantías de reelección a Bush, hecho que modificaría de alguna manera visualizando un posible triunfo electoral de Kerry concepciones represivas globales que han determinado el cierre de fronteras de los principales países de Occidente, que han optado por la represión modificando la índole de sociedades receptivas del turismo y que hoy, paulatinamente, siguen encerrándose en una suerte de abroquelamiento vigilante, temerosas de una nueva acción de grupos terroristas
La «guerra preventiva» ideada por los halcones de Washington y los responsables del capitalismo financiero que funciona a nivel global, creyeron que era relativamente fácil aplastar a un pueblo, especialmente si el gobierno a derrumbar era una dictadura antidemocrática como la de Hussein.
No advirtieron que se introducían en un laberinto, tan complicado y peligroso como el del Minotauro. *
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