El paternalismo político falsifica la justicia social

Históricamente la dirigencia de las colectividades partidarias, ha utilizado los recursos y bienes del Estado –con la lógica inclusión de los municipios– para fortalecer la maquinaria proselitista que se necesita en toda contienda electoral. Y si bien es cierto que una adecuada cultura cívica disminuye o neutraliza los efectos corrosivos de esas prácticas que socavan al modelo republicano, debemos admitir que esos deplorables vicios siguen teniendo un importante predicamento en las estructuras sociales del país.

Si miramos el área de la economía, percibimos que sus conductores le retacean fondos a la educación en nombre de la disciplina fiscal, aunque las más amplias generosidades siempre han existido para el circuito monetario. Y no obstante que en todas las plataformas programáticas de los partidos, se promete garantizar la libertad de enseñanza, su plena autonomía y los grandes principios de la laicidad, los hechos niegan que esas metas se concreten, ya que la mayoría de los estudiantes carecen de conocimientos sobre los alcances de la justicia social, ni comprenden que los derechos que nos concede la Constitución llevan consigo el duro deber de hacernos responsables de nuestras obligaciones.

Naturalmente que si desde el banco de la escuela, se inicia un auténtico y genuino proceso pedagógico, para que el alumno obtenga gradualmente una formación independiente de la mano de una sólida conciencia crítica, los futuros ciudadanos no van a ser seducidos ni engañados por los eruditos de la demagogia. Y por consiguiente van a estar preparados para distinguir correctamente las propuestas que apuntan a lograr la dignificación laboral, de aquellas concesiones oportunistas que persiguen ahondar el sometimiento de la voluntad del que recibe la dádiva, frente al dirigente político que la otorga.

Para nadie es novedad que la limosna o las donaciones de materiales, portland o combustibles le disimulan transitoriamente los problemas del pobre, pero jamás se los resuelven. Y ello, porque esas acciones proselitistas con los bienes del Estado, o los almuerzos que se le brindan para que puedan sobrevivir tienen un alcance efímero, es decir de corta duración, por factores que no escapan al intelecto del lector.

El antiguo proverbio chino de que a la gente hay que enseñarle a pescar y no regalarle el pescado, comporta una sabia señal que en las grandes crisis sociales suele olvidarse, no solamente porque el estómago no espera, sino porque ello supone la obligación de dar una respuesta al flagelo de la desocupación, que en el caso de Uruguay, el modelo neoliberal lo ha profundizado en niveles que nunca antes se vio. Adviértase que el crecimiento de la miseria y el desempleo  que se derivan o son la consecuencia de esas políticas de Estado donde únicamente se privilegia al sistema financiero  ha desencadenado un marco de mendicidad que desborda todos los cálculos, ya que a los merenderos no sólo van niños, ancianos y discapacitados, sino una impresionante franja de gente habilitada para ingresar al mercado laboral.

No debemos olvidar que pese a que los centros de enseñanza suministran el almuerzo a cientos de miles de alumnos, sigue incrementándose el número de personas que deambulan por las calles solicitando alimentos o una moneda para mitigar sus necesidades básicas. Y al margen de admitir que muchos padres sin ningún esfuerzo personal, utilizan a sus hijos para beneficiarse indebidamente de la triste situación que vive el país, es evidente que la «euforia de la solidaridad» se viene groseramente desvirtuando, porque hay una negativa sistemática a construir una nación donde prevalezca la justicia social y la correcta distribución de la riqueza.

De más está decir que el apoyo al prójimo surge de un elevado principio de fraternidad que debe predominar en la vida de los pueblos, pero sin olvidar que quienes tienen la responsabilidad de conducir los asuntos públicos, asumen como corolario de su investidura, la obligación de cultivar las condiciones para que sus compatriotas accedan a un puesto de trabajo y obtengan un salario digno. De manera que el paternalismo estatal o privado tiene como límite los mojones donde se inscriben valores innegociables como el honor, el decoro y la ética.

Todos sabemos que la marginación económica es incompatible con la libertad espiritual del individuo, porque sus miembros en la inmensa mayoría no logran la información adecuada para ponerse al abrigo de la demagogia, de los mitos y de las idealizaciones. Ello nos induce a pensar que parte del sistema político prefiere un esquema de condicionamiento y dependencia a través de la limosna, para que los pobres sigan siendo pobres, en lugar de crear los instrumentos legales para sustraerlos de la pobreza. *

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