El país de la imprevisión
Como si –por alguna razón oculta– la furia divina se hubiera ensañado con los sufridos habitantes de este pequeño país, a las penurias que debemos soportar vino a sumarse la falta de lluvias que amenaza seriamente el normal suministro de energía eléctrica al tiempo que hace prever una merma considerable en algunas cosechas y en el peso del ganado. Coincidentemente con la sequía –y probablemente como consecuencia de ella–, se han venido produciendo incendios en campos y bosques.
A nadie en su sano juicio se le ocurriría atribuir esta situación a la mala gestión del gobierno del doctor Batlle, entre otras cosas, porque los caprichos de la meteorología suelen escapar al manejo de los asuntos de Estado y prescinden de la voluntad humana. Los cataclismos y las catástrofes naturales (inundaciones, huracanes, terremotos) ocurren con absoluta independencia de la capacidad u honradez de los gobernantes.
Del mismo modo ha de verse la epidemia de aftosa que significó un serio retroceso en nuestra producción pecuaria; e incluso las crisis financieras y bursátiles de Asia, México, Brasil o Argentina, que tuvieron efectos nefastos sobre nuestra economía.
No obstante, todos esos contratiempos han desnudado de manera patética una característica común a todos los gobiernos que hemos padecido: la imprevisión. Un país cuya economía se basa esencialmente en el agro no puede permitirse el lujo –habría que hablar más bien de irresponsabilidad criminal– de someterse mansamente a los avatares de la meteorología. Son absolutamente insuficientes los reservorios de agua, las canalizaciones y los sistemas de riego con que se cuenta para paliar sequías prolongadas, con lo que la abundancia y la calidad de las cosechas quedan libradas al régimen natural de lluvias.
Asimismo, resulta inconcebible que toda la producción energética en un país sin petróleo se limite a la generación hidroeléctrica sin haber abierto la posibilidad de fuentes alternativas: usinas térmicas alimentadas con gas o generadores de energía eólica.
Y con esto que decimos, vuelve al tapete –una vez más– el viejo tema de la inversión o la iniciativa privada como único remedio o directamente como panacea para resolver todos esos problemas y para modernizar definitivamente al país. Quienes así piensan no tienen en cuenta que los países desarrollados lo son porque hace muchos años el Estado tuvo un papel primordial en el impulso de la economía y en el desarrollo. Ni en Francia, ni en Inglaterra, ni en Italia –por no citar sino los casos más claros– el desarrollo vigoroso alcanzado después de la devastadora Segunda Guerra Mundial se debió a la empresa privada. Antes bien, fue desde el Estado que se promovió la creación o el fortalecimiento de grandes empresas públicas y se pusieron en práctica políticas económicas tendientes a salir de la postración (desempleo, recesión, estancamiento) en que se hallaban.
Es que no se puede dejar librado a la actividad privada –que sólo se mueve por afán de lucro– nada menos que el desarrollo de una nación.
Corresponde que el Estado reasuma su papel protagónico para salir del estancamiento y la desesperanza. *
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