Razones del crecimiento de la izquierda

Cuando faltan escasos seis meses para que el soberano elija a quienes van a conducir los destinos del país durante el próximo lustro, las encuestas periódicas de opinión pública siguen confirmando el crecimiento de las fuerzas progresistas en las preferencias del electorado.

La Nueva Mayoría (EP-FA más NE) ronda el cincuenta por ciento de la intención de voto de los uruguayos y no es improbable que ya en octubre obtenga los votos suficientes para que su candidato, el doctor Tabaré Vázquez, sea ungido presidente sin necesidad de recurrir a la segunda vuelta o balotaje.

Desde que en 1971 el Frente Amplio ofreciera a la ciudadanía por primera vez una opción de cambio de tono socialista mediante la unidad de partidos de izquierda tradicional junto a sectores y personalidades progresistas que habían militado hasta entonces en los partidos tradicionales, este conglomerado no ha hecho sino crecer porcentualmente en cada elección. De un dieciocho por ciento en aquella primera elección pasó al cuarenta por ciento en 1999 y se acerca al cincuenta por ciento para la próxima.

«¿Qué ocurrió –se pregunta El País en su editorial de ayer– para que en el Uruguay se diera la espalda a los partidos históricos y, paulatina pero ininterrumpidamente, creciera la izquierda hasta llegar a su caudal actual?». El editorialista se responde sin dudar que ello no se debe al desgaste de los partidos históricos porque fue gracias a ellos que «nuestro país fue sinónimo de cultura, de progreso económico, de civismo y de elevados logros sociales» (sic). De modo que, descartada toda responsabilidad de los partidos tradicionales (según la peculiar visión de El País, Uruguay no sufre una crisis causada por los sucesivos gobiernos colorados, blancos y rosados), la culpa del crecimiento de la izquierda la tiene Fidel Castro y su labor de promover la sedición en todo el continente, apoyado por docentes dedicados a inculcar las perniciosas ideas marxistas en nuestros jóvenes incautos.

«Es que le lavado de cerebro de que fue objeto nuestra juventud a través de las aulas fue exitoso: el proselitismo nos cambió la mentalidad, la permeabilizó en beneficio de las corrientes de izquierda» (todo sic), concluye el editorialista.

Desde luego que cada cual está en todo su derecho de emitir sus opiniones y los resultados de sus sesudas elucubraciones. Pero llama la atención ese empecinamiento en mantener el discurso estereotipado de la derecha de hace cuarenta años. Y sorprende más aun la incapacidad de proceder a un análisis objetivo del pasado, que debería conducir a una autocrítica.

Si la izquierda ha crecido de manera sostenida en los últimos treinta años, es porque la suma de errores de los partidos tradicionales los fue desgastando paulatinamente y fue demostrando a la población la incapacidad de sus dirigencias para enfrentar los desafíos planteados, lo que los llevó al descrédito actual. La crisis que padecemos no es un emergente ni debe atribuirse a la coyuntura internacional desfavorable, sino que tiene su origen en problemas estructurales de larga data y en la inoperancia de quienes tuvieron en sus manos la conducción de los destinos del país. Frente a los desatinos, a la orfandad de ideas y a la reiteración de viejos vicios, la propuesta de las fuerzas progresistas aparece como la única alternativa creíble y es la opción hacia la que se inclina la ciudadanía.

Esa y no otra es la razón del crecimiento de la izquierda que tanto alarma a El País. *

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