Insolencia castrense

Los excelentes cronistas del prestigioso diario La Jornada de México acaban de publicar una nota que no tiene desperdicio. Se trata de una radiografía elocuente del pensamiento predominante hoy en el alto mando militar norteamericano, especialmente el que hace «el seguimiento de la situación en América Latina».

Según dan cuenta Jim Cason y David Brooks, según el Pentágono, «Una nueva amenaza ha surgido en América Latina: el ‘populismo radical’, una amenaza realmente preocupante».

Según señala el periódico, el General James Hill, jefe del poderoso Comando Sur de los Estados Unidos, «las amenazas tradicionales (narcotráfico, corrupción) se complementan ahora por una amenaza emergente mejor caracterizada como populismo radical, en el cual se socava el proceso democrático al reducir, en lugar de incrementar, los derechos individuales».

En declaraciones en las que evaluó la situación de seguridad hemisférica ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes, la semana pasada, el general Hill advirtió que «algunos líderes en la región explotan frustraciones profundas por el fracaso de las reformas democráticas en entregar los bienes y servicios esperados.

Al explotar estas frustraciones, las cuales corren conjuntamente con frustraciones causadas por la desigualdad social y económica, los líderes están logrando a la vez reforzar sus posiciones radicales al alimentar el sentimiento antinorteamericano. Adicionalmente, otros actores buscan minar los intereses estadounidenses en la región al apoyar estos movimientos».

Como ejemplos citó a Haití, Venezuela y Bolivia, donde líderes «radicales» han promovido un sentimiento antiestadounidense y a la vez buscan explotar el frágil contexto de sus países para promover y reforzar su poder. También señaló que «la crisis económica argentina ha provocado que muchos cuestionen la validez de las reformas neoliberales, tal como se manifestó en el Consenso de Buenos Aires firmado en octubre pasado por los presidentes (argentino, Néstor) Kirchner, y (brasileño, Luiz Inacio) Lula (da Silva) que hizo énfasis en el ‘respeto por los países pobres'».

Más adelante la crónica de Cason y Brooks agrega: El general Hill sostuvo que «los militares con quienes trabajamos en esta área de responsabilidad están sintiendo la carga tanto de las amenazas como de gobiernos débiles, pero que en gran medida han apoyado a sus constituciones respectivas, han permanecido profesionales, y han respetado los derechos humanos». Sin embargo, informó al Congreso que los militares latinoamericanos «permanecerán bajo una presión creciente de estos (factores) de estrés en los próximos años».

Pero el general no ofreció opciones para resolver estos problemas, ni sugirió un cambio en las políticas económicas y sociales que nutren a estas nuevas «amenazas». Su única receta fue que «tenemos que mantener y ampliar nuestros contactos de militar a militar, a manera de institucionalizar de forma irrevocable el carácter institucional de estas fuerzas militares con las que hemos trabajado tan de cerca en las últimas décadas».

La única respuesta ofrecida para enfrentar los factores de inestabilidad social, según Hill, es ayudar los esfuerzos de los países aliados para «abordar estas amenazas y los factores estructurales que están debajo a través de cooperación consistente y paciente».

El desenfado con que las autoridades norteamericanas se refieren a los problemas internos de naciones soberanas es digno de señalarse. Vale la pena asimismo recordar que fueron este tipo de caracterizaciones las que llevaron a la CIA y demás agencias norteamericanas a la conclusión que había que derrocar al Presidente Constitucional de Brasil Joao Goular en abril de 1964. Fundamentos de la misma índole estuvieron en la base de la canallesca campaña contra el Presidente Salvador Allende, casi diez años después.

La insolencia del militar merecería una réplica de las autoridades y una difusión que permita tomar conciencia de las amenazas que se formulan contra los procesos democráticos de América Latina. *

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