El estilo de las campañas electorales
Mirando con cierto detenimiento el desarrollo de los actos que tienen lugar con motivo de las distintas campañas políticas emprendidas por los partidos, se distingue rápidamente la existencia de dos estilos muy diferentes.
Desde el Frente Amplio la temática surge de los resultados de las discusiones realizadas en su última instancia deliberativa, el denominado «Congreso Héctor Rodríguez». A partir de ese suministro de propuestas, los dirigentes progresistas componen sus alocuciones y consignas.
Resulta claro que la experiencia de largos años de gobierno en el municipio de Montevideo y la convicción de la necesidad de prepararse para el desafío que significa para la izquierda acceder al gobierno nacional, han llevado a estas fuerzas a la conclusión que debían convocar a un gran esfuerzo de elaboración programática. Y el mejoramiento en la concreción de los planteos resulta evidente, aunque sobre el punto todos coinciden en señalar que todavía hay mucho por hacer.
En filas de los partidos tradicionales la situación reviste otras características. Para empezar, en el coloradismo, el acuerdo logrado entre la Lista 15 y el Foro Batllista le ha restado significación a la elección interna.
De allí emana una particularidad en cuanto al destino manifiesto de las arengas de los dirigentes. No se encaminan al auditorio colorado para convencerlo de que vote tal o cual opción. Por el contrario, desvirtuando en cierto sentido la naturaleza de lo que para la ciudadanía está en debate hasta el 27 de junio, es decir la determinación de qué fuerza es la mayoritaria dentro del partido, la energía se orienta a marcar la diferenciación con la izquierda, a atacar sus planteos y descalificar su programa. O sea: se ha iniciado ahora la campaña para la elección de octubre, que determinará la composición del Poder Legislativo y la identidad del futuro presidente de la República.
Obviamente, tal conducta política es perfectamente ajustada a derecho. No viola expresamente ninguna norma legal ni constitucional. Pero sí resulta reñida con toda la argumentación empleada en momentos en que se discutía la reforma constitucional que instaló en el país la elección presidencial a dos vueltas o sistema de balotaje.
En aquel momento, para ornamentar la norma que habilitaba que blancos y colorados se unieran para evitar un triunfo progresista, se hizo una gran campaña, con mucha retórica y aparente entusiasmo, acerca de la necesidad de renovar los partidos, de democratizar sus estructuras internas; y de dotarlos de programas de acción de gobierno serios y fundados.
En el coloradismo, todo aquello ha quedado en nada. Con mucha elocuencia, el doctor Ope Pasquet, uno de los postulantes a la precandidatura, ha señalado cómo se han vaciado de contenido los organismos partidarios, hasta qué punto se ha dejado de deliberar y de qué modo la masa de afiliados y simpatizantes del partido tienen vedado el acceso a las decisiones que, como ya es tradición en ese partido, se adoptan en las cimas y luego se transmiten hacia las bases, a la manera de las más ortodoxas formaciones verticalistas.
Las observaciones del ex vicecanciller colorado importan porque toda la sociedad debiera estar interesada en que los partidos funcionaran, que en su seno se reflejaran las tensiones y los desasosiegos que transitan por nuestra sociedad. Todo eso que los militantes pueden percibir y expresar y que circunstancialmente pudiera haber escapado a la omnisciencia de los señores Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti.
La pérdida de democracia interna en un partido es una pérdida para la democracia a secas. No parece ser el caso, pero el naufragio de la democracia en un partido que está por conquistar el gobierno sería un factor de riesgo para la democracia en el país. Algo distinta es la situación en el nacionalismo, donde efectivamente está en juego una posibilidad de recambio significativa, de la que nos ocuparemos más adelante. *
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