Víctimas palestinas
Tres mil muertos y treinta mil heridos son las cifras aproximadas de víctimas palestinas, que han sufrido el impacto del terrorismo de Estado ejecutado por el gobierno de Israel y a cuyo frente está el nazifascista Ariel Sharon, genocida famoso desde las masacres de Shabra y Shatila en el Líbano a principios de la década del ochenta. Es este gobierno israelí, uno de los más ultraderechistas del mundo, obviamente apoyado -hoy más que nunca- por el gobierno de Bush (también connotado terrorista, mal que le pese). Es Sharon que públicamente se jacta de haber ordenado y supervisado el asesinato de uno de los líderes de la resistencia palestina, el Jeque Ahmed Yazin de Hamas, en la franja ocupada de Gaza.
¿Cuántos minutos de silencio hubo por los 3.000 muertos en Palestina? ¿Acaso todos estos muertos fueron terroristas que amenazaron la integridad del Estado de Israel? Mujeres, niños, ancianos, hombres y mujeres, la enorme mayoría civiles inermes.
Es el terrorismo de Sharon que construye el Muro de la Vergüenza, un muro que emula el muro de Berlín, pero mucho peor aún en sus consecuencias, puesto que de hecho implica no solo la partición y fragmentación de un eventual Estado Palestino, sino el confinamiento de miles de ciudadanos palestinos que quedaron encerrados y aislados en una suerte de «campos de concentración», y cuyas vidas dependen de la arbitraria voluntad de los puestos de control del Ejército ocupante (ilegítimo por cierto), implicando además la confiscación de tierras y la privación de las libertades más elementales. Es el terrorismo de Sharon que ha asesinado «selectivamente» a más de 200 dirigentes y militantes de la resistencia palestina; que ametralla y bombardea con helicópteros y aviones de guerra el territorio ocupado de Palestina.
Es el terrorismo del gobierno israelí que sistemáticamente avasalla y atropella los derechos humanos de un pueblo que clama por su libertad e independencia. Que arrasa sus cosechas, que invade para demoler sus casas y edificios, es el terrorismo de Sharon que de manera cobarde y en defensa de sus ciudadanos (vaya forma), ejecuta una política exterior criminal e intolerante hacia sus vecinos a quienes les ofrece «vivir en concordia» siempre y cuando acepten ser sojuzgados.
Me duele enormemente el alma, siento cada una de las balas en mi corazón, siento rabia y pesadumbre, profunda pena ante tanta indiferencia y retórica hueca de los organismos internacionales que en otras ocasiones se apresuraron a «salvar» otros pueblos de la ignominia. Me duele la humanidad, lamento ser testigo de tanto horror, el que sentimos en Madrid hace tan solo dos semanas atrás y el que atormenta de manera atroz y desde hace décadas al pueblo palestino.
¿Cuántas muertes más serán necesarias para erigir algún mausoleo recordatorio en memoria de los miles de palestinos asesinados? ¿Cuánto sufrimiento tendrán que padecer nuestros hermanos palestinos? ¿Qué derecho habrá que invocar para detener el martirio de quienes anhelan vivir con dignidad?. Mi perplejidad me impide y lo reconozco ser «objetivo» y neutral, es que no se puede defender la causa de la libertad y al mismo tiempo ser cómplice en el silencio o la indiferencia.
Es cierto, hay tantos otros pueblos que sufren las penurias de la persecución y la intolerancia, pero el pueblo palestino es tal vez, el que más ha padecido en las últimas décadas la insania y la estigmatización; el pueblo que «debe asumir el papel de chivo expiatorio por los pecados ajenos». Ojalá dure poco tiempo más, ojalá los hombres y mujeres dignos alcen su voz para acallar el tronar de la muerte y restaure la paz, y se imponga la justicia, la fraternidad y la igualdad. Ojalá llegue más temprano que tarde, el tiempo de la libertad para el heroico pueblo palestino. *
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