¿Otra vez los factores externos como justificación de las crisis?
El riesgo de los apagones ha aparecido nuevamente en el escenario nacional.
Todo empezó, al menos en los medios, con la decisión argentina de reducir drásticamente sus ventas de electricidad al Sistema Energético Nacional. Luego supimos que Salto Grande está produciendo en sus mínimos como consecuencia del bajón del caudal del río Uruguay, y que el lago de Rincón del Bonete estaba bastante por debajo de sus niveles óptimos. Así, hubo que encender la Central Batlle, que dicen que es cara, y La Tablada, mucho más cara aún. Además, con la buena voluntad brasilera, comenzó a llegar energía eléctrica desde Brasil, a través de la conversora de frecuencia de Rivera, al menos por un par de meses. Así, con el espectro de una nueva suba de tarifas, a los uruguayos sólo nos queda rogar a Dios, o a las inescrutables fuerzas de la Naturaleza, que por favor llueva.
¿Es todo así de sencillo? ¿Somos otra vez las víctimas de los tan vapuleados «factores exógenos» con los que nuestros gobernantes justifican todos los descalabros que han caído sobre las sufridas espaldas de los uruguayos?
Vayamos despacito por las piedras.
Primera cuestión. Desde hace 100 años, o más, se conocen y se han registrado los regímenes de hidraulicidad de nuestros principales ríos, el Negro y el Uruguay. Los ciclos de caudales, los períodos de bajo caudal, tienen una curiosa regularidad, con toda la relatividad que el término tiene cuando se habla de una ciencia tan difusa como la meteorología. Tanto es así, que históricamente la UTE manejó una estrategia basada en complementar las fuentes de generación hidroeléctricas con una base térmica indispensable para evitar los riesgos de colapso energético en los períodos de bajo caudal. Quien lo quiera comprobar puede consultar los planes de obras de UTE de los años 60 y su justificación.
Salto Grande y su gran capacidad generadora desequilibró aquella relación, sin duda, pero también es verdad que en la época de su habilitación esa energía sobraba, tanto que con ella, y su transferencia a la Argentina, pagamos nuestra parte del costo de la obra.
Todavía UTE realizó en aquellos tiempos ampliaciones térmicas, la 5ª y 6ª Unidades de la Central Batlle, y luego, pero entonces como solución de emergencia ante la crisis del 89, la primera parte del proyecto de unidades de ciclo combinado en La Tablada, esa aparentemente desquiciada idea de quemar gasoil para generar electricidad. Ante ella cualquiera pudiera preguntarse: ¿eran locos, o ricachones dilapidadores, los que proyectaron esa obra? Pero no. En honor a la verdad, no eran locos, ni ricachones dilapidadores. Vale la pena un paréntesis para explicar esto.
He mencionado recién «unidades de ciclo combinado«. ¿De qué se trata? En los años 60 se había desarrollado esta técnica en el mundo, basada en la producción de aceros de alta resistencia térmica, y que consistía en una primera etapa de una turbina accionada por el gas generado en la combustión de gasoil o fueloil acompañado de aditivos, y una segunda etapa de una turbina convencional accionada por vapor de agua, generado éste en una caldera alimentada por el gas de escape de la primera etapa, dotado de altas temperaturas. El resultado era un ciclo combinado, con un rendimiento térmico notablemente superior al convencional a vapor. Pero la segunda etapa no se hizo (UTE debería explicar por qué), y así nos quedamos con dos turbinas a gas, que se dan el lujo de quemar gasoil y arrojar a la atmósfera los gases calientes aún aprovechables. Que no nos vengan, pues, con esa vieja historia de los «factores externos».
Hablemos todavía de otro tema, éste sí, de importancia estratégica nacional.
La última obra de generación de electricidad en nuestro país data, como ya mencioné, del año 89 (esta tan mentada central de La Tablada), aunque ya no como parte de un plan pensado para el mediano o el largo plazo, sino como una contingencia, dado lo rápido de su montaje. Desde entonces el país no realizó obra alguna para aumentar su capacidad generadora, y se convirtió en comprador neto de electricidad al Sistema Energético Argentino. Y aquí vale otra precisión: cuando decimos que le compramos a la Argentina, estamos diciendo que le compramos a las empresas privatizadas argentinas, con todo el riesgo que significa depender, no ya de un país vecino, hermano al fin, sino de empresas privadas, multinacionales, a quienes les interesa exclusivamente el lucro, y que tanto les da incumplir, como lo han hecho, los planes de obras comprometidos, e incluso chantajear al gobierno de aquel país, como lo están haciendo, con el planteo «tarifas o apagones».
Fue justamente la presión de ese «mercado energético» privado argentino lo que llevó a la aprobación por parte de nuestro país del marco regulatorio de la electricidad, que consolidó una estrategia, no de una genuina integración entre naciones vecinas, sino la estrategia de un país que renuncia a la integración regional auténtica, sin abandono de sus propios objetivos de autoabastecimiento, para convertirse en un país comprador y dependiente de un «mercado eléctrico» privado, con tal grado de dependencia que desde hace años debe comprarle un tercio, o más, de su consumo interno.
Decían que era «más barato». Y bueno, que no nos vengan ahora con otra de sus «calamidades externas». Rogaremos al cielo para que llueva, por las represas y por la agricultura, pero no nos olvidaremos de sus responsabilidades en esta hora del recambio del equipo gobernante. Que lo tengan por seguro. *
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