La conducta de un militante revolucionario

El martes 23 de marzo, LA REPUBLICA informa genéricamente, sin designar personas, que «en la Dirección Departamenal del Partido Socialista de Montevideo, ya se manejan nombres para integrar la lista de diputados para las próximas elecciones nacionales de octubre».

Se anuncia, además, quiénes integrarían la lista y «quiénes quedarían postergados». Hasta se indica el lugar de destacadas compañeras, que tienen, por cierto, bien ganados méritos.

Desconozco de quién provino la noticia. Sería bueno saberlo. Pero ni siquiera se me ocurre solicitar que se indique la fuente, porque, desde ya, a quien pasó una parte por lo menos de la misma (si es que alguien lo conoce) puede calificársele de mentiroso. Dicho esto sin el menor enojo. En términos absolutamente objetivos.

Siento el deber de señalar que la noticia no es verdad. Resulta, por cierto, de mala fe, cuando informa que «algunas fuentes consultadas» (obsérvese el plural, que tiende a confirmar lo que se dice) «creen que Chifflet ‘dará la batalla’ para ocupar un mejor lugar en la lista» (textual).

Ningún militante socialista puede ignorar, si actúa de buena fe y tiene mínima antigüedad en la izquierda, que no he dado ni daré jamás batalla por un cargo político. Tengo bastante tiempo en el Partido (lo que puede ser una de las buenas razones para los renovadores, que espero planteen también ideas) como para que alguien ignore lo que he sostenido con hechos: rechazo la política como carrera o disputa de cargos. El agravio, si es que así puede calificarse  aunque el adjetivo resulte excesivo  surge de lo que considero injusto: que ni siquiera se me reconozca la conducta.

Me permito recordar, obligado, dos hechos, para afirmar lo que digo. En 1984, por razones de trabajo, llegué tarde al primer congreso público efectuado por los socialistas al salir de la segunda clandestinidad. Cuando ingresé al local de las deliberaciones, se me informó que los compañeros ya habían realizado la elección de candidatos y que yo figuraba en primer lugar en la lista de diputados.

Como desde filas de la Juventud Socialista siempre había sostenido que el primer titular de la lista al Parlamento debía ser alguien con clara militancia en el movimiento sindical, me opuse a lo resuelto. (Bonito habría resultado, para mi conciencia, que me considerase una digna excepción a aquel criterio.) Contra viento y marea sostuve la misma posición. Me opuse con firmeza y hasta sin mucho discurso, a lo resuelto. Los compañeros no tuvieron otro camino que efectuar otra votación. En la cual  dicho sea de paso  se cumplió con el criterio que la Juventud había sostenido. (Un paréntesis menor, porque también es personal: hoy, la experiencia me ha indicado que un buen abogado, socialista desde luego y si se puede buen polemista, un Arturo Dubra, digamos, puede resultar mejor representante en el Parlamento; porque en la mayor parte de los debates en las Cámaras, quienes, como yo, no lo somos, debemos andar, como diría un paisano amigo, «con un abogao a los tientos».)

Un hecho más, entre varios posibles: el 1º de julio de 1999, Ultimas Noticias informó que «el Comité Departamental de Montevideo del Partido Socialista pretende una renovación total y para ello eliminar de la lista de Diputados…», etcétera. Y nombró, entre los eliminables, a Chifflet. Pero el periodista tuvo la honestidad de profundizar en la noticia, y tituló: «Socialistas piden cambios y Chifflet no los rechaza». El artículo, en el cual explico, entre otras cosas, que jamás trabajé por una banca, está, desde ese día, en mi despacho, junto a las imágenes de José Pedro Cardoso y el Che, Raúl Sendic, Mario Jaunarena, Yenia Dumnova, y algún otro gran compañero como Jorgelino Dutra, peón rural, pionero socialista de los que, como él decía, trabajan de estrella a estrella. Pero no necesito insistir con ejemplos y devociones. Siempre tengo presentes a maestros como Carlos Quijano, Emilio Frugoni, Héctor Rodríguez, Antonio Richero, Esteben Kikic y tantos otros.

Creía  quizá esto es vanidad  que en el Partido todos me conocían. Es que algunas décadas atrás  a la hora de la siembra  hasta pudimos decir: «Somos pocos y nos conocemos». Hoy, por lo visto, y esto no es negativo, la cosa ha cambiado.

Por eso me veo obligado a solicitar su hospitalidad, señor Director, para informar a algún militante o a alguien que prefiere difundir versiones injustas, que jamás concebí la militancia como carrera política o disputa de cargos.

Marta Harnecker, la extraordinaria compañera, en su hermoso libro «La izquierda en el umbral del siglo XXI», predica que esa actitud debe ser, precisamente, la conducta que distinga a todo militante revolucionario.

También entiendo que esa actitud forma parte de los nuevos valores. Me provoca cierta sonrisa la actitud de ciertos renovadores, de las filas más diversas, que hablan con entusiasmo de la renovación y hacen de ella aspecto indiscutible de la renovación ideológica, cuando ella se identifica con su propio ascenso a los cargos.

Como última comprobación de la actitud que defendí siempre, debo informar que, en lo que de mí dependa, agradeceré no estar en las listas. No por hacerme el Martín Fierro, sino porque, si me ayudase la vida, todavía me queda por probar que puedo hacer mucho más desde los Comités de Base que desde el Parlamento. Porque allí, en la frescura de las bases, deberemos estar en la defensa de Tabaré y de su gobierno, si llegáramos a merecer la victoria. De la misma manera que ayer defendimos a Seregni, a quien hoy tanto elogian los que ayer lo atacaron en tal medida que hasta los militares, que creyeron lo que ciertos políticos decían, lo condenaron a casi once años de prisión. Pero éstos son otros temas, más importantes por cierto, de los quizás podremos escribir otro día. *

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