Plan Hambre Cero y Acta de Copacabana

El doctor Di Candia entrega a nuestra reflexión, con frecuencia menor a la deseada, sus bien fundados análisis y, cuando es requerida, su erudición jurídica. Desde esa base deseo introducir unas acotaciones marginales –para emplear el léxico de un veterano parlamentario fallecido– a su reciente nota sobre «El gobierno de Lula y el proyecto Hambre Cero».

El articulista señala que un año es poco tiempo para juzgar la obra de un gobierno, máxime cuando heredó problemas de magnitud considerable; que el plan reviste enorme importancia, por afectar directamente a cerca de 50 millones de personas que padecen hambre, subalimentación y desnutrición en una población de algo más de 170 millones de habitantes; que si se cometieron errores e imprevisiones se han ido corrigiendo en parte no pequeña; en suma, que nada autoriza a perder las esperanzas en la obra de este gobierno, ni mucho menos.

Yo creo que al respecto puede decirse bastante más. Sin salir del terreno de lo que ya constituyen realizaciones tangibles.

El plan preveía abarcar en el primer año a un millón de familias en mil municipios, y se llegó a 3.615.000 familias en 2.340 municipios, más de la mitad de los existentes en Brasil. Dice nuestro conocido Frei Betto, responsable de Movilización Social del programa Hambre Cero: «Se priorizaron las regiones casi desérticas del nordeste; aldeas indígenas, grupos de sin tierra, habitantes de basurales y las comunidades quilombolas descendientes de esclavos. Se logró unificar todas las políticas estatales ligadas al combate contra el hambre. Y, adicionalmente, cuando se beneficia a un grupo humano llegan los agentes de nuestro programa para promover la salud pública, la educación, los huertos comunitarios y domésticos, la educación nutricional. Ahora promovemos también la construcción de una cisterna de cada casa beneficiada. Un método muy simple inventado por un campesino…»

Esto significa que Hambre Cero no es un programa asistencialista o de mera distribución de alimentos, sino de inserción social a través de una redistribución de ingresos, fomentando paralelamente el cooperativismo, el microcrédito, la educación y la atención a la salud. Frei Betto explica: «Cuando llegamos a una familia y le damos una tarjeta magnética –que se llama tarjeta ciudadana– para sacar cada mes su dinero del banco federal, exigimos que no haya ningún analfabeto (y si lo hubiera debe comenzar de inmediato su alfabetización), que los chicos vayan a la escuela, que se participe de un programa de salud, de clases de cooperativismo o microcréditos. Toda una estrategia integral» que incluye también estar al día con las vacunas. Hace unos días el presidente Lula entregó la tarjeta número 50.000 de la Bolsa Familiar en Belo Horizonte, capital de Minas Gerais. El objetivo es alcanzar hasta fines de 2006 a los 11,4 millones de familias brasileñas en situación de pobreza y de extrema pobreza.

Correlativamente, una política de microcréditos a muy bajo interés, en un programa de inclusión bancaria, ha cambiado la vida de millares de brasileños que jamás habían pisado un banco. Hasta febrero se contabilizan en la Caja Económica Federal un millón 270 mil cuentas simplificadas. Se pusieron en marcha además microcréditos para jubilados y pensionistas por parte del Banco do Brasil, otro del BNDS, más el Crediamigo del Banco del Nordeste, entre otros.

Las últimas estadísticas, de mediados de marzo, indican que Brasil ha iniciado un ciclo de crecimiento económico. Las informaciones del Cadastro Geral de Empregados e Desempregados (Caged) y del Instituto Brasileiro de Geografía e Estadística (IBGE) indican que en enero y febrero se crearon más de 239 mil puestos de trabajo formal, aumentaron 7,7% los pagos de salarios en la industria y crecieron 6,09% las ventas en el comercio minorista (sobre todo en electrodomésticos y muebles, estimulados por la mejora en las condiciones de crédito). Al lanzar el programa Cresce Nordeste el día 17, Lula dijo: «El país está comenzando a crecer. Las tasas de interés van a bajar y habrá más inversiones».

Lula le dio proyección internacional al plan de lucha contra el hambre. Lo llevó a diversos ámbitos mundiales, creó conciencia en su torno, lo transformó en un gran tema de la comunidad internacional en su conjunto, mediante una política activa y plena de iniciativas. En ese contexto se inscribe el Acta de Copacabana y la Declaración anexa suscritas con el presidente Kirchner, expresión de una visión estratégica común sobre la deuda externa, la política frente al FMI y los grandes temas mundiales, que concitaron el apoyo de la Mesa Política del Frente Amplio por considerarlos un aporte constructivo al desarrollo regional y al saneamiento de las relaciones internacionales. Hasta aquí llegamos partiendo de que lo primero (y no lo último) es resolver el problema del hambre. El gobierno brasileño marcha decididamente por esa senda. *

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