La proclamación de un candidato
El acto realizado por parte del Foro Batllista el pasado jueves no tuvo realmente desperdicio. Una joya, una muestra concentrada de la razón y la pasión política, del gesto sincero y del doble discurso, de la sobriedad y de la incontenible ampulosidad de algunos dirigentes.
Desde la platea, las miradas del selecto público de ministros, senadores, diputados y ediles también expresaban con cautela el cúmulo de ideas y sentimientos que embargaba al sector político: la disimulada frustración de los que alguna vez fueron insinuados como presidenciables, los ex vice, postergados, los que esperan su oportunidad para el 2009, los que se preguntan cuál terminará siendo el resultado final del enroque de Stirling por Sanguinetti y cómo les irá en el incierto futuro.
Los tres discursos principales de la jornada tuvieron un gran valor documental, como testimonio de una situación política y también hay que reconocerlo de la existencia de una gran capacidad de control y autocontrol, un adiestramiento ceñido a la disciplina y la obediencia a los jefes.
El discurso de actual vicepresidente, Luis Hierro, compacto y sin fisuras, dio las primeras muestras de la incapacidad del coloradismo para reflexionar críticamente sobre sí mismo. El énfasis puesto en exaltar la justicia social reinante el Uruguay, el país más justo de América Latina (sic) revela hasta qué punto esa comunidad política ha perdido contacto con la realidad social y con los humores reinantes en el país, en ese país desplazado y excluido, dañado por las políticas aplicadas por los gobiernos colorados y los gobiernos blancos con apoyo colorado.
En lo que pareció una respuesta a Tabaré Vázquez, Hierro rechazó la idea de realizar auditorías administrativas para examinar la conducta de los gobernantes, sosteniendo que ellos no la precisan porque tienen la auditoría de su conciencia que le viene del fondo de la historia del Partido Colorado.
El ingenioso «aforismo», que levantó grandes y comprensibles aplausos entre los gobernantes presentes, quizá no tenga demasiado éxito cuando Hierro recorra las tribunas populares procurando los votos ciudadanos.
El punto culminante de la jornada lo constituyó el discurso solvente, contenido , de Sanguinetti en el que proclamó, fíjese usted, su enorme satisfacción por la candidatura de Stirling.
Como Hierro, planeando a más altura, reiteró una visión de apología a lo realizado por el Partido Colorado, de su capacidad para navegar en la tormenta, de la habilidad mostrada en su gobierno para lograr la transición en paz y «asegurar el sueño tranquilo en sus hogares de los que antaño perturbaron el sueño del pueblo uruguayo».
Señor de la paz y de la guerra, artífice de la prosperidad y maestro de los equilibrios sociales y económicos, Sanguinetti lo ha logrado todo.
¿Por qué la ciudadanía le ha dado la espalda?
¿Por qué, pese al apoyo monolítico del gobierno y del oligopolio mediático, fue derrotado el pasado 7 de diciembre?
¿Por qué el sector político por él liderado tiene tan poca expectativa de voto en los sondeos de opinión que se vienen realizando?
Genio y figura, decían los antiguos, el ex presidente se repite en su aire de suficiencia. Contrariando las ilusiones de algunos ingenuos, Sanguinetti no fue capaz de seguir conjugando el más grande hallazgo de su biografía política: cuando le confesó a un periodista que «él estaba harto de Sanguinetti».
Finalmente, las palabras de Stirling tuvieron al menos la virtud de contener algunas referencias concretas y no aparecer inundadas de autosuficiencia. Reconoció que no disponía de lineamientos programáticos. Y reiteró luego los tópicos conservadores sobre los que navega usualmente el pensamiento del gobierno.
La jornada tuvo otras aristas de interés pero ¡que lejos está esta realidad de un candidato con apoyo de los dos caciques mayores del coloradismo, que de hecho neutraliza la elección interna, de las promesas de debate interno, elaboración de programas y decisiones democráticas que se proclamaban para impulsar la reforma constitucional de 1996! *
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