La música de las esferas y la canción de la Tierra
Siglos antes de la era cristiana, el filósofo y matemático griego Pitágoras, al escuchar los sonidos provocados por los golpes de un herrero en el yunque, percibió la relación entre razones aritméticas e intervalos armónicos de la música, según cuenta la leyenda. Música no sólo de origen terrenal, sino, también, proveniente de las esferas celestiales que contenían las estrellas y los astros de un universo esférico, cuyo centro era la Tierra.
En el reciente siglo XX, astrónomos que estudiaban el Sol observaron que su superficie era alterada por la acción de miríadas de resonancias internas. Algunas, con longitudes de onda suficientes como para contraer y expandir uno de sus hemisferios; otras, con frecuencias mucho más cortas, alcanzaban, apenas, a trazar, en las capas exteriores, ondulantes dibujos.
Edward Nather y Dondald Winget, de la Universidad de Texas, reconocieron que estrellas más lejanas, como las enanas blancas, al final del proceso como gigantes rojas, emiten ondas que las hacían vibrar, con periódicas variaciones con su brillo. «Las estrellas susurran entre ellas en la oscuridad», dijo Nather.
Y la red de telescopios que se extiende por el mundo hace posible la recolección de multitud de datos sobre los sonidos de estos instrumentos musicales del espacio.
La Tierra contribuye al concierto cósmico con vibraciones suaves y constantes que no se confunden con las ondas sísmicas de un terremoto, un meteorito o una explosión nuclear, que se extinguen una vez desaparecidas sus causas; aunque dejan al planeta resonando como instrumento cuyas cuerdas han sido bruscamente tañidas.
Suda y Nawa, sismólogos de la universidad japonesa de Nagoya, interesados en esta canción obstinada de la Tierra, no han podido, sin embargo, descubrir sus orígenes. Como tampoco lo han logrado, en última instancia, geofísicos que las atribuyeron, primeramente, a lentos movimientos sísmicos, desplazamientos de capas tectónicas o fisuras en los lechos marinos. Nuevas hipótesis apuntan al movimiento de las superficies oceánicas o a la excitación de la atmósfera debido a la energía solar. En otras partes del universo, entonces, planetas con atmósfera, caso de Marte, podrían, también, vibrar y cantar, aunque no tan armoniosamente como en otros tiempos se creía. Porque la visión de un cosmos, creación divina, en el que lo celestial y lo terreno tenían una correspondencia inmutable y simétrica: galaxias con ríos, astros con seres humanos, ha sido sustituida por otra, en la que fenómenos violentos se suceden en milésimas de segundos en un universo caótico.
Como pobre sustituto de aquel viejo, confiable mundo desaparecido, nos es ofrecido en cambio el canturreo de la Tierra, demasiado débil para ser percibido por el oído humano directamente. Lo que, a fin de cuentas, es una suerte porque, según los científicos, si bien las notas que lo componen son agradables, el todo es una cacofonía insoportable. Más o menos como la resultante de aporrear, con furia, un tacho de basura. Objeto, en el que, mal que nos pese, hemos convertido a la Tierra, al igual que al espacio exterior circundante. En las órbitas geoestacionarias, a 36.000 kilómetros, se acumulan satélites de telecomunciaciones, entre ellos el NahuelSat I, argentino, con participación de Uruguay. En las inferiores, a pocos miles o cientos de kilómetros, se expande una galaxia de chatarra, en la que giran restos de cochetes, antenas, resortes, destornilladores, guantes, partículas de pintura; junto a reactores nucleares y pilas con elementos altamente radiactivos. Productos, estos últimos, que son herencia de la guerra fría soviético-estadounidense y que, ahora desde su ubicación, a unos 900 kilómetros de altitud, irán cayendo, con su ominosa carga, sobre la sueperficie terrestre, durante el transcurso de las próximas décadas. Confiemos en que, si como afirmaba Paracelso, el renacentista filósofo de la Naturaleza, heredero de tradiciones medievales y precursor de modernas investigaciones, «el hombre es en sí un firmamento poderoso y libre», estemos a tiempo, todavía, de evitar la destrucción de nuestro planeta y de integrarlo al cosmos, de cuyos hornos estelares proviene el hierro en nuestra sangre, el calcio en nuestros huesos y el oxígeno que nos permite respirar. A pesar de que hayamos perdido el don de escuchar la música que hace vibrar las estrellas y no hayamos adquirido el de captar las débiles pero insistentes voces de la Tierra. *
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