Basta de cantos de sirena
Más allá de otras alternativas, la campaña electoral ya ha comenzado y los candidatos de uno y otro sector, además de concretar alianzas, han comenzado a recorrer el país con mensajes, casi todos de cambio.
Sorprendente, cuando se tiene en cuenta que entre los blancos y colorados que se encuentran en carrera, la mayoría han integrado la coalición de gobierno, votando regimentadamente todas las propuestas provenientes del Ministerio de Economía y Finanzas. Podemos recordar lo ocurrido y cotejar cuáles fueron las posiciones monolíticas de quienes, además, coincidieron en el balotaje que se concretó en 1999, sufragando por el mismo candidato, el doctor Jorge Batlle Ibáñez.
Sin embargo, el desgaste de estos sectores, tal como se expresa coincidentemente en las encuestas, es mayúsculo. Es que la política neoliberal tuvo un costo mayúsculo para estas colectividades políticas tradicionales, que no advirtieron que el modelo, ya tardío para Uruguay, ya había fracasado a lo largo y ancho del mundo, en donde comenzaron a implementarse políticas «anticíclicas», para propiciar los equilibrios básicos que mantuvieran estables las distintas economías.
La experiencia argentina estaba presente y no sirvió. Tampoco se tomaron en cuenta las acciones anticíclicas, concretadas en los propios EEUU. Para Batlle, todo era distinto, y para su primer ministro de Economía, Alberto Bensión, con una concepción «clásica», el «hacer» significaba quedarse paralizado ante los hechos. Todo ello determinó que el Producto Bruto Interno (PBI) cayera en ese período en un 17.5%, suma proporcionalmente fabulosa para cualquier país, y más para Uruguay, que partía ya de un nivel menor de ingresos y mayor de desocupación.
La masa monetaria disminuyó, siendo insuficiente para un funcionamiento adecuado de la economía, sin que el gobierno, como haría cualquier otro con concepciones modernizadas, tratara de inyectar en la economía lo necesario para compensar de una forma u otra el deterioro del sector privado.
Batlle y su primer ministro de Economía recién reaccionaron cuando fue tocado el sistema financiero que, más allá del desfalco de los banqueros, corrió la suerte de una evidente falta de confianza de los inversionistas en el país. Allí se invirtió lo que había como reservas en el Banco Central, las que quedaron exhaustas y, además, lo que no era lícito, como el dinero depositado en la Tesorería de la Nación, recaudado para cumplir con las obligaciones prevenientes del Presupuesto. También, posteriormente, se recurrió a los préstamos internacionales con el mismo propósito.
Fue la debacle, el deterioro que se expresó en la caída del PBI. Uruguay se convirtió en un país de fábricas y comercios clausurados, de alta desocupación, de creciente marginalidad cada día de mayores sectores de población que, sin posibilidades, se convirtieron en un engendro de infinitos males que han aparecido en el seno de nuestra sociedad. También en el país de la emigración, de la disolución familiar, de la miseria y la violencia.
Por ello, ante las cifras del crecimiento del producto que el gobierno maneja como un logro importante, no debemos olvidar lo ocurrido y, menos aún, las responsabilidades de unos y otros en todo ese proceso.
Ello es una necesidad y una obligación de los ciudadanos, porque creemos que, en octubre, todos los que estemos en la posibilidad de sufragar, lo debemos hacer estando conscientes de las responsabilidades de todos y cada uno.
Ya no cabe, en este país, que se tuerzan voluntados por simples cantos de sirena. *
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