Energía y producción

Deberían ser términos de la misma ecuación, pero se han ido transformando, en este pobre y sufrido país, en los dos polos de una contradicción de cada vez más difícil resolución. Está llegando la hora de la verdad en el tema genérico de la energía, y específico del petróleo y sus efectos sobre la producción, determinando costos, industriales y agrícolas, que desalientan y nos ponen fuera de competencia en muchos rubros. El actual auge de los precios internacionales de algunos rubros del agro no puede hacer olvidar dicha circunstancia: la incidencia del combustible en el costo de producción. El precio en alza sostenida del barril de petróleo, rondando ya los cuarenta dólares, más allá de los amagues producidos en los últimos veinticinco años, parece anunciar ahora, por la multiplicidad y delicadeza de los factores determinantes, la posibilidad de que se concreten grandes crisis petroleras, al estilo de lo sucedido en la década del 70.

El Uruguay no puede incidir de ninguna manera en el curso de esos acontecimientos, debiendo resignarse a esperar que las cosas no empeoren. Agravado por la total dependencia del país respecto de los hidrocarburos y las hasta el momento nulas posibilidades de existencia de los mismos en nuestro subsuelo. Dicho esto al margen de las decisiones políticas que imponen desorbitadas cargas tributarias en los precios al consumo.

Pero así como el país debe soportar la situación actual del mercado petrolero, así también debe poner el mayor énfasis en las fuentes alternativas de energía, tentando desarrollarlas al máximo pese al mantenimiento de la dependencia de los hidrocarburos. Esto lo hacen los países desarrollados, incluso los grandes productores de petróleo, salvo las monarquías feudales aposentadas sobre mares del mismo.

 

Biodiesel y alcohol

Felizmente, y a instancias de esfuerzos de distintos actores sociales y políticos –con la permanente ausencia del gobierno en el tema–, se ha avanzado mucho en el estudio y factibilidad de producción, a distintas escalas, del biodiesel. Su experimentación, producción y aplicación cuenta ya con años en Argentina, Brasil y en países del primer mundo como EEUU, Alemania, Italia y otros. En nuestro país, su paulatina asimilación implicaría aumentar más aún el área de siembra de oleaginosos, tal como explicitó la Federación Ancap durante la última campaña plebiscitaria. Y si bien los actuales precios internacionales de los oleaginosos tornan alto el costo de elaboración a partir de dicha materia prima, la infraestructura que se vaya creando en ese sentido puede comenzar a operar con agilidad ante una caída en aquellos precios. Aún cuando el ingreso de China al mercado ha generado nuevas expectativas en los precios de los commodities, éstos siempre tendrán oscilaciones bruscas, fruto de especulaciones. De todas maneras, impulsando la producción de biodiesel disminuyen también los riesgos para los productores, pues si se dificulta el acceso a los mercados internacionales y/o bajan los precios abruptamente de los oleaginosos, la producción de biodiesel operaría como alternativa, como asimismo en casos de cosechas de baja calidad. En ese sentido, la experiencia que lleva adelante la Intendencia de Paysandú merecería ser imitada, por lo menos en la región litoraleña, productora de oleaginosos. La sencillez y el bajo costo de las instalaciones, según la escala, es otro elemento determinante.

En Brasil, el esfuerzo por reducir las importaciones de petróleo, sustituir derivados de éste por combustibles vegetales, mejorar en consecuencia la balanza de pagos y generar empleos y desarrollo, comenzó en la década del 70, cuando los precios del petróleo subieron de tal forma que contribuyeron a la crisis de la deuda externa y al estancamiento de la economía. La gasolina fue en gran parte sustituida por alcohol, en un programa que plantea perspectivas de exportación, en virtud de que en muchos países se comienza a mezclar etanol al combustible, para abaratarlo y reducir la contaminación.

Ahora hay incluso planes de empresas para hacer funcionar alrededor de seiscientas locomotoras a biodiesel, en un número suficiente como para hacer factible una gran planta de producción, en base a aceite de soja, basados en la calidad actual de Brasil de primer productor mundial de la oleaginosa.

 

Una solución «a la uruguaya»

Nuestro país tenía una infraestructura industrial, los ingenios azucareros, que podía haber sido utilizada para la producción de alcohol como carburante nacional, tal como lo hizo Brasil, sobre la base de caña de azúcar en el norte y de remolacha y sorgo dulce en el resto. Todo aquel equipamiento industrial era enteramente aprovechable en la producción de alcohol, requiriendo solamente inversión de las destilerías, de las cuales existen en el mercado una variada gama, incluso las denominadas «microdestilerías», que suponen una inversión menor. Todo ello merecía ser estudiado y elaborado como una real «Política de Estado», pensando en la dependencia del petróleo y en la protección medioambiental. En vez, se optó por reducir al mismo las áreas de siembra, operando el cierre de los ingenios y la importación de los sacarígenos. Se perdieron 40.000 puestos de trabajo, se favoreció a algunos importadores y se clausuraron las posibilidades de iniciar un programa de producción de alcohol como carburante nacional. Queda la chatarra de los ingenios como mudo testigo de lo descripto. *

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