La Paloma: ¿un Panamá maderero en Rocha?

Panamá, una perdida provincia colombiana, que había estado en los sueños de Bolívar, de Francisco de Miranda y del mismísimo Goethe como el paso posible entre el Atlántico y el Pacífico, recién saltó a la palestra cuando un astuto empresario norteamericano, en 1850, construyó un ferrocarril que unía los puertos de Colón, en el Caribe, con Balboa en el Pacífico, acortando en miles de millas el viaje que multitudes de norteamericanos de la costa Este hacían hasta la Oeste obviando el canal de Magallanes, para llegar a la ansiada California, donde se acababa de descubrir oro.

Pero es en 1880, que se dará el gran paso adelante, cuando Ferdinand De Lesseps, que había conseguido honra y gloria por haber construido el canal de Suez, acepta repetir la hazaña en el istmo de Panamá, después de haber sido propuesto por aclamación, por el Congreso Geográfico Mundial en París. En la saga de Panamá sobresalen tres personajes. Un soñador: Ferdinand De Lesseps; un matón: Teodoro Roosevelt y un pillo: Phillipe Buneau Varilla.

Ferdinand de Lesseps fracasa totalmente.

Quiso como en Suez, hacer un canal a nivel. Y en su vano intento de perforar las montañas, quema hasta las últimas reservas financieras y las vidas de miles de obreros jamaiquinos y chinos, a los que diezman las enfermedades tropicales. Quiebra y va a prisión.

Phillipe Buneau Varilla es ingeniero y se graduó con honores en la Escuela Politécnica de París. Trabajando para el canal, comprende que la tozudez de DeLesseps, quien se niega siquiera a considerar la idea de hacer una escalera de esclusas por encima de las montañas, (una idea de Gustav Eiffel, el de la torre) llevará la empresa al fracaso, y con ello la pérdida de todos los ahorros de Buneau invertidos en acciones de la «Compagnie Générale du Canal de Panama».

Buneau Varilla es aventurero, inteligente e inescrupuloso. En resumen, un pillo.

Sabe que el presidente Teodoro Roosevelt ha sido convencido por el almirante Mahan de la necesidad de contar con un paso permanente que permita mantener unidas y comunicadas a la flota del Atlántico con la del Pacífico. Buneau elabora un proyecto, se contacta con el Secretario de Estado Hay, y llega a un acuerdo para el traspaso de la compañía a manos de Washington. Cuando el senado de Colombia se opone, Buneau Varilla organiza una rebelión que proclama la independencia de Panamá. Roosevelt rubricará su política imperial enviando a los cruceros Nashville y Dixie. Dirá «I took Panamá», en una universidad, mientras es investido «Doctor Honoris Causa». Panamá «independiente» le dará a los EEUU una concesión por 99 años y los EEUU usarán a Panamá como colonia, hasta el año 2000 aunque en 1977, el presidente Carter en acuerdo con el general Torrijos habrá aliviado un tanto la situación de dependencia del istmo. Buneau Varilla, el pillo que ha inventado un país, redactado una Proclama de Independencia y creado su bandera, se retirará satisfecho a Francia.

Será hecho caballero de la Legión de Honor. Hasta aquí el relato histórico.

Ahora demos un paso adelante y hagamos futurología. De la peor. Y con un poco de audacia y gusto por la ciencia ficción imaginar el absurdo de un brote separatista en el Este, (allí donde nace el sol de la patria), y ver cómo se proclama la República Maderera de Rocha, que entregará en concesión, por medio siglo, tierras y costas a una muy civilizadora y emprendedora empresa ¿de EEUU?, que se ha comprometido a colaborar en la forja de la felicidad colectiva de la joven, pujante y nueva república, mediante el desarrollo de sofisticados sistemas de embarque de chips de madera destinados a la exportación. Que como garantía el bisnieto del ex Presidente Carter desde ya ha asegurado su presencia, a la finalización de la concesión a la empresa maderera.

Antes de terminar con esta ficción y regresar a la realidad, un interesante ejercicio intelectual sería imaginar aquí y ahora, homónimos para el soñador, para el matón y para el pillo.

Que todo sea para bien. *

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