El gobierno de Lula y el proyecto Hambre Cero

Los cien días o el primer aniversario de la toma de posesión de un jefe de Estado o de gobierno suelen ser proveedores de temas a periodistas y encuestadores de opinión pública. Aunque con algún retraso desde que se cumplió el primer año del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, hemos decidido sumarnos modestamente a esos casos, pero aclarando desde ahora que no pretendemos hacer un balance global de la gestión de Lula cumplida hasta la actualidad. Apenas procuramos esbozar unas pocas reflexiones sobre ciertos temas concernientes a su tarea gubernativa realizada y que además pueden tener especial relevancia e interés. Y antes de entrar a efectuar otras consideraciones, preciso es destacar que la magnitud de los problemas heredados por el gobierno petista –desde los más estructurales a los más coyunturales, así como los de todos los grados intermedios que quepa imaginar entre ambos extremos– la tarea llevada a cabo por Lula hasta hoy no puede juzgarse sino de manera aproximativa y provisional, atendiendo a que desde el 1º de enero de 2003 sólo ha transcurrido un corto período de tiempo.

Una de las prioridades que el PT planteó desde la campaña preelectoral ha sido el denominado proyecto Hambre Cero, tan absolutamente imprescindible como impostergable, ya que sobre una población de 170 millones de habitantes, Brasil tiene la horrenda cifra de cerca de 50 millones de personas que padecen hambre, subalimentación y desnutrición, con todas las secuelas que en cantidad y gravedad casi alucinantes ese fenómeno provoca, en un país que está entre los primeros del planeta en materia de producción de alimentos, aparte de sus demás enormes riquezas.

Enfrentar tan grande desafío es muy difícil y, por ello, no debe causar alarma el hecho de que algunas propuestas sobre el tema no se hayan alcanzado íntegramente, o que se hayan cometido errores, o que se haya tropezado con problemas imprevistos o imprevisibles. El combate es de tal dimensión y complejidad, y la lucha emprendida es tan inédita, que las circunstancias negativas recién aludidas deben juzgarse con la mesura que los hechos necesariamente imponen, y sin olvidar que las equivocaciones e imprevisiones citadas son reparables, y más aun, en una parte no pequeña ya han sido corregidas o se está cerca de superarlas. Desde ningún punto de vista dichos inconvenientes admiten ser juzgados con desmesura, ni menos todavía que se les considere como síntomas de que el proyecto Hambre Cero haya nacido mal, o que probable o seguramente fracasará.

Desde luego, si el proyecto Hambre Cero fuera apenas asistencialista y humanitario –en el más reductivo sentido de este vocablo– no sólo sería reprobable por su estrechez de miras y su falta de sentido social auténtico, sino que en la práctica y a poco de andar se mostraría como inviable (quizá ya habría mostrado tal inviabilidad). Por consiguiente, un proyecto de su naturaleza exige una cobertura de medidas de fondo en los más diversos sectores de la economía y la sociedad, y la política hasta ahora seguida por el gobierno brasileño, sin olvidar ninguno de los aspectos discutibles que pudiera tener, no creemos que autorice a perder las esperanzas, ni mucho menos.

Algunos llamados o autodenominados «radicales» han dicho que la política del gobierno de Brasil se ha concentrado excesivamente en el proyecto Hambre Cero, y que esto ha dado a dicha política un alcance –a los efectos de lograr un cambio profundo– escaso. A esas afirmaciones de personas o grupos –que seguramente no integran la población famélica de Brasil– debe responderse con una pregunta: ¿Acaso es poca cosa derrotar el hambre de casi 50 millones de seres humanos? No, señores, es todo lo contrario: vencer el hambre de cerca de 50 millones de personas es algo inmenso.

Aún no es posible saber a ciencia cierta hacia qué especie de cambio apunta en definitiva el gobierno petista, pero a nuestro juicio no puede negarse que se encamina hacia un cambio de importancia. No debe olvidarse bajo ningún concepto que no se puede siquiera pensar en la posibilidad de un sistema socialista –en sus distintas variantes–, ni siquiera de un sistema capitalista realmente avanzado, que se edifiquen sobre un cimiento social en el que, de un total de 170 millones de habitantes, cerca de 50 millones viven (o sobreviven, o mueren) en medio del hambre y la miseria.

Consideramos que es oportuno recordar aquí lo expresado por el polémico y gran escritor español Juan Goytisolo en su libro ensayístico Contracorrientes (Barcelona, Montesinos Editor S.L., 1985, pág. 276).

Allí dice Goytisolo que ante un pueblo hambriento, lo primero que debe hacerse es darle de comer, cosa que el capitalismo no hace en las sociedades del Tercer Mundo que explota despiadadamente; sin el derecho de comer, todos los demás derechos humanos son absolutamente inconcebibles, por la sencilla razón de que estos comienzan con aquel, y olvidar esta verdad tan evidente resulta funesto: no tener en cuenta que con el derecho de comer todos los demás derechos fundamentales empiezan, y por el contrario considerar que con él terminan, es un absurdo que costó la autodestrucción al sistema soviético, y que también sufrirán todos los gobiernos que procedan como el de la extinta URSS. No será este el caso de Brasil, y tampoco el de Uruguay a partir del primero de marzo de 2005. *

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