¿Por qué?
Una vez más, la insania de la violencia indiscriminada vuelve a golpear con saña y a cobrar víctimas inocentes. En una actitud nihilista, algún grupo terrorista ha hecho detonar artefactos explosivos en diversas estaciones y trenes del transporte madrileño, en una demencia terrorista que no encuentra justificación, ni siquiera una explicación medianamente atendible.
Por supuesto que en primer lugar están las víctimas y la necesidad de comprender por qué ellas son lo primero. Ese sinsentido de una muerte encontrada simplemente por haberse levantado a la hora de siempre para ir a trabajar o por haber tomado el tren unos minutos más tarde de lo habitual porque el cansancio alargó indebidamente el descanso en la madrugada.
Claro que importa saber, en definitiva, quién es el autor o instigador de la barbarie, pero desde el vamos lo cierto es que, por noble, altruista y compartible que sea el fin perseguido, jamás podrá admitirse el uso de un medio innoble y repugnante como lo es el que ocasiona 200 muertos y más de mil cuatrocientos heridos civiles, ajenos a toda supuesta controversia. Porque el fin no justifica los medios, entre otras cosas en razón de que un medio inmoral denigra y envilece toda causa revolucionaria que persiga un fin digno.
Parece inevitable que en toda acción bélica se produzcan víctimas inocentes. Todas las guerras que azotaron a la Humanidad desde los más remotos tiempos causaron estragos entre la población civil, entre los no combatientes.
Pero los atentados terroristas se diferencian de las escaramuzas y batallas porque a diferencia de éstas, que ocurren en el marco de un enfrentamiento declarado y tienen por tanto cierto grado de previsibilidad más o menos razonable, el atentado terrorista sorprende por su artera alevosía, cayendo sobre víctimas inocentes.
La historia del mundo de los últimos cincuenta y cinco años abunda en ejemplos de barbarie, de violencia, de intolerancia y de desprecio por el prójimo, en una espiral irracional que parece no tener fin. Nunca antes como en los últimos años habíamos asistido al imperio absoluto de la prepotencia bélica y económica, producto de un orden mundial esencialmente injusto, en el que prevalecen groseramente los intereses de los poderosos.
Los ataques de ayer en España, al igual que los del 11 de setiembre de 2001 que conmovieron al mundo, constituyen un acto criminal sin atenuantes y por ende un grueso error político, utilizando para ellos una agresión en contra de un pueblo indefenso.
Todavía los hechos no están aclarados. También es poco el tiempo para determinar el origen de la banda asesina y para tratar de desentrañar las consecuencias que el hecho tendrá sobre las elecciones del próximo domingo. Obviamente es elemental suponer que la fecha del atentado fue elegida cuidadosamente. La matanza fue ubicada un día 11, igual que el de las Torres Gemelas, lo que puede ser un dato menor producto de alguna elucubración alambicada. Pero, lo que no lo es menor, es que el atentado se produjo a pocas horas de las elecciones del domingo y sus consecuencias, obviamente, se podrían extender a las preferencias electorales de unos comicios que hasta hace pocas horas parecían más que reñidos, con sólo una pequeña preponderancia del partido del presidente Aznar.
Por eso estas acciones terroristas pueden considerarse asesinas pues no perseguían un objetivo bélico, y como tal merecen nuestro repudio y condena. ¿Qué fin perseguían? ¿Qué objetivo militar puede sensatamente hallarse en el transporte colectivo madrileño? En verdad sólo se trata de terrorismo de la peor especie que, además de asesino, sirve para multiplicar los reflejos conservadores de la gente cuando España está, nada menos, que a pocas horas de sus comicios presidenciales. Es que la ciudadanía española tiene el domingo una cita democrática con las urnas y es evidente que un hecho de estas características determina un crecimiento de la confusión entre los sufragantes.
De consolidarse la versión de la responsabilidad de ETA, parecería que muchos indecisos tratarían de refugiarse en las posiciones más conservadoras, buscando que la mano de hierro con que el gobierno de Aznar combate a los etarras multiplique su fuerza represiva.
Entendemos que desde el punto de vista político se trata de una torpeza de cuyas consecuencias no será fácil escapar. ¿Quién resulta vencedor o por lo menos ganancioso como consecuencia de estos actos de barbarie?
Sin contar a las víctimas directas de los atentados, diremos que el gobierno español actual ha sufrido una herida que puede exacerbar su postura belicista; y quienes nos oponemos a su política conservadora y aliada del invasor de pueblos inermes no hemos ganado absolutamente nada.
Si hay un ganador, ése no es otro que la derecha recalcitrante. Las acciones de ayer no operarán otro efecto que el de un acicate para los sectores conservadores belicosos y belicistas, a los que se les ha servido en bandeja una especie de justificación de por vida para todo tipo de tropelías disfrazadas de legítimas represalias.
Si detrás de los atentados en Madrid se encuentra el grupo Al Qaeda, debemos dejar claramente establecido que el alineamiento de Aznar junto a Bush y Blair y la presencia de tropas españolas en la invasión y posterior ocupación de Irak no puede justificar en absoluto una respuesta de estas características contra seres inocentes.
Debemos, pues, expresar nuestro más profundo rechazo a un modus operandi esencialmente inmoral y políticamente absurdo. *
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