El ocaso de los trucos gramaticales

Quienes crean que la gente confunde aserrín con pan rallado, o puede seguir siendo engañada con el credo «gattopardista» de cambiar algo para que todo siga como está, incurren en un grueso error, ya que los resultados de la política económica  defendida a ultranza por la dirigencia de las colectividades históricas  hablan con despiadada elocuencia. Porque es evidente que a la luz del cruel proceso experimental que estamos padeciendo, la inmensa mayoría del pueblo no se dejará seducir por el redituable discurso, que esa cúpula directriz viene elaborando con éxito desde hace 19 años.

Como no escapará al intelecto del lector, esa prédica se inscribió bajo consignas y mensajes, revestidos de un potente poder de seducción, que puso en crisis el libre discernimiento de una importante franja ciudadana. Y un claro ejemplo de ello es que pese a que el actual Presidente de la República fue un férreo opositor a que los ajustes de las jubilaciones y pensiones se hicieran conforme a la variación del Indice Medio de Salarios, contó en el balotaje de 1999 con los votos de cientos de miles de pasivos.

Las encuestas de opinión y el responsable pronunciamiento del 7 de diciembre rechazando la privatización encubierta de Ancap comportan la prueba contundente de que los refinados medios propagandísticos de una derecha conservadora  que olvidó el formidable legado de Aparicio Saravia, José Batlle y Ordóñez, Domingo Arena y Wilson Ferreira  ya no tienen cabida en el Uruguay del Siglo XXI. Y la llegada de tan sensata realidad responde a la convicción colectiva de que la nación está por encima de los partidos, que la fidelidad es un atributo que perdura mientras no se subastan los principios, y que la información plural, objetiva e independiente, fortalece la libertad de los titulares de la soberanía.

Como testimonia la historia, la estrategia proselitista de los sectores que quieren un Estado reducido a su mínima expresión, para que las fuerzas del dinero dicten a su arbitrio todas las reglas del mercado, han utilizado en sus plataformas electorales discursos o reportajes, una modalidad donde los mensajes están poblados de generalidades que en rigor nada dicen. Porque los mismos, al describir o denunciar los problemas que afligen a la sociedad  sin indicar los caminos concretos para dilucidarlos  deja en la mente de la ciudadanía la certeza de que hay soluciones que los gobernantes han sido capaces de encontrar.

Adviértase que tal procedimiento comienza a reiterarse  ante las consultas populares que el calendario traza para el presente año  con la paradoja de que quienes acuden al mismo tienen responsabilidades de gobierno, o lo han compartido ocupando lugares relevantes en la actual Administración. Y además con la agravante de encerrarse en un obstinado y arrogante silencio, con respecto a las promesas incumplidas cuando anunciaron que «había llagado la hora de votar juntos», o las razones por las que sus propuestas innovadoras que hoy postulan pomposamente, no tuvieron principio de ejecución en el actual mandato.

Felizmente el pueblo ha dado un buen paso, al despejar los matorrales de la duda que todo cambio conlleva, y por la fuerza de los hechos se ha convencido que estos señores que vienen conduciendo los asuntos públicos en nombre de gloriosas tradiciones, han olvidado que la única aristrocracia que sobrevive a los tiempos es la de la justicia social. Como también ha visualizado que los trucos con palabras que cautivaban a las multitudes cumplieron su ciclo, reivindicando que en su lugar haya un lenguaje claro, sin diseños retóricos, ni vuelos gramaticales.

Vocablos o conceptos exageradamente trillados como «revolución productiva», «modernización del Estado», «desarrollo integral», «descentralización territorial», «equilibrio fiscal» o «modelo tributario racional», por su manifiesta ambigüedad, no levantan objeciones ni discrepancias en ningún circuito de la comunidad. Y al dejar contentos a tirios y troyanos, como asimismo obtener consensos de creyentes, ateos y agnósticos, se comprueba que la estafa intelectual cumplió existosamente su fraudulenta tarea, estratagema a la que la gente en el 2004 le ha firmado inteligentemente la partida de defunción. *

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