Larrañaga enarbola las viejas banderas
No es cuestión de triunfalismo, pero parece de lógica que quienes se sienten consustanciados, comprometidos con una causa en la que creen y sienten como una gran oportunidad para los cambios que tantos uruguayos anhelan, exterioricen de alguna manera su entusiasmo, alegría y esperanza. A medida que se avizora el disco y todo pinta como para creer que el «tordillo sanducero» bien podría llegar primero, es un estimulo para incentivar el esfuerzo, para soñar que puede haber llegado la hora para tantos y tantos blancos, olvidados y humillados, postergados por los que han gobernado al partido con indiferencia, cuando no con soberbia.
¿Cuáles son los elementos indicativos? Las encuestas que van afianzando la gran mayoría blanca, las incorporaciones que se suceden, lo que se escucha en todos lados. Esto no se produjo por casualidad, vino de abajo hacia arriba, en cada consulta popular, en todos los plebiscitos, cuando dieron verticalazos resurgió el pronunciamiento soberano, el que no se escucha en la campaña ni en las doctrinas económicas que llevaron a tanta gente a la miseria, siempre perdieron los mismos, siempre ganó la gente y llegó la hora de canalizar el gran sentimiento popular.
Larrañaga es un buen intérprete, tiene un enorme capital de mercadería que no se vende, que se gana con sudor y con coherencia. Hace poco le escuché definiciones de una fuerza brutal, no tuve que escuchar versiones interpretativas, le preguntaron por sus antecedentes y dijo simplemente «cualquiera sabe, en dónde estuve y qué hice políticamente a lo largo de estos años». Eso, en un país descreído, tiene un valor fundamental. Los que le buscan las cinco patas al gato rescataron que como legislador dio su voto al proyecto que habilitaba la Asociación de Ancap, algo que aconteció en el Frente Amplio, en el Partido Colorado, en el Partido Nacional que puso como abanderado al ex Presidente del Directorio ¡otra vez! con una diferencia, que me lo digan a mí, fue tema de nuestro primer encuentro. Obviamente le señalé que no podía esperar su voto contrario al voto como senador; me dio argumentos que había ponderado, que la ley tenía aspectos positivos y no sería supervisada por «este gobierno». Con franqueza manifesté «Yo sí voto la derogación»; le pareció perfecto «como lo hará nuestro intendente de Paysandú». Me pareció oír un nuevo lenguaje, me infundió una gran confianza y aquí seguimos.
Empieza un tiempo difícil de muchos eslóganes, tan bonitos como el de la unidad. Cuanto más se acercan las internas y más trascienden los números, más crece la «vocación de unidad». El maestro Barrios Amorín decía: unidad, sólo en torno a ideas y conductas, pero la realidad las muestra como objetivos incompatibles. Sin estas premisas casi se vuelve inviable, no habrá más camino que la «repartija». Y Lacalle lo definió lindo presentando a los precandidatos, como las flores de la unidad. ¡Tomá contrera! En Fray Marcos alguien levantó su voz reclamando «no a las críticas». En serio pensé: Mire que hay otarios en este país y a los blancos que se desparramaron, provocando una derrota catastrófica ¿qué les decimos, vuelvan aunque todo siga más o menos igual? ¡Andá! ¡Agravios, se podrán tal vez atenuar; mentir, nunca. Pero decir verdades, no me atrevería a imaginarlo, evitarlo ni silenciarlo. Eso que Ramírez llamó «impunidad interna». Prefiero que nos reprochen por no saber mantener un secreto, si los hay. Y que a nadie se le ocurre siquiera suponer que a Larrañaga lo puede complicar «la demanda» de posibilidades. Porque él mismo no podría desvirtuar la expectativa de cambio que es el gran fundamento del apoyo que viene recibiendo y lo más importante de ganar, para cambiar la conducción del partido y convertirlo en la herramienta para transformar el país. Sin esta filosofía, el triunfo sólo serviría para un cálculo de «cuántos entran». Estas posibilidades que queremos para Larrañaga, las tuvo en sus manos el doctor Lacalle que aparece como contrincante natural, presidente del Directorio, ex presidente de la República, soporte de la coalición que tendrá nuevamente la oportunidad de defender sus logros y fortalecer su estructura. Pero no desconocer a quienes quieren borrar y empezar de nuevo, recrear la esperanza, detener la emigración, recuperar la confiabilidad. Y el Programa sigue siendo el del gaucho de El Cordobés: «dignidad arriba (sin nubarrones, que antes hubo) «regocijo abajo» (sin miseria y plena vigencia del derecho). Si será grande tu responsabilidad, Jorge Larrañaga, y si habrá uruguayos,de todos los pelos dispuestos a jugarse por estas banderas. *
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