La autocrítica de la Marina argentina

El discurso pronunciado por el jefe de la Armada argentina, almirante Jorge Godoy, tiene una significación que trasciende los límites no sólo del arma o de las fuerzas armadas sino de la propia circunstancia argentina.

El contenido del discurso debe asociarse, por lo demás, a la decisión del presidente Néstor Kirchner de destinar el antiguo local de la ESMA para la creación de un museo de la memoria que documente y testimonie acerca de los crímenes cometidos en Argentina durante el período del terrorismo de Estado. Más de una vez se ha hablado de la importancia que adquieren tales lugares de la memoria, cómo su existencia adquiere una fuerte significación simbólica y se convierte en un punto de referencia ineludible para la cultura de una nación.

Las palabras del militar en esta ocasión revisten importancia además porque se encuadran de manera coherente con la concepción sobre los derechos humanos que viene desarrollando el presidente Kircher, una línea de acción política que ha borrado del mapa, de la A a la Z, toda la compleja construcción de las leyes de impunidad argentinas.

Las palabras ahora de Jorge Godoy, a nombre de la Marina, dan un enérgico mentís a los sombríos agoreros que pronosticaban la imposibilidad de avanzar en la Argentina en un sentido de verdad y justicia y anunciaban los peores cataclismos para quien se atreviera a perturbar la siesta de los verdugos.

A propósito de este episodio ha escrito el periodista argentino Horacio Verbitzky:

La decisión de discernir lo bueno de lo que no lo es, de practicar de una vez por todas el imprescindible deslinde con ese pasado tenebroso, es una iniciativa que no surgió del poder político, sino de la propia Armada. El Consejo de Almirantes en pleno aprobó cada línea del mensaje de Godoy que refleja así una toma de posición institucional. Prueba de ello es un documento firmado por todos sus integrantes, que confiere al pronunciamiento una solidez y una proyección distintas.

Con buen criterio se podría sostener que la autocrítica de la Marina argentina llega tarde. Tarde no sólo con relación a los hechos y al restablecimiento de las instituciones democráticas en aquel país sino incluso con relación al categórico pronunciamiento que, a mediados de los años 90, formulara el entonces comandante en jefe del Ejército Martín Balza. Sus palabras claras y valientes de entonces encontraron una respuesta por cierto bien negativa de parte del entonces número uno de la Armada, almirante Molina Pico.

En las circunstancias actuales tienen absoluta validez las conclusiones a las que arriba el citado periodista porteño: «Nada de esto hubiera sido posible sin la inclaudicable lucha de los organismos de derechos humanos, cuya consigna de verdad y justicia asumió ayer la conducción naval. Tampoco hubiera sucedido sin las precisas definiciones del Poder Ejecutivo, que desde el primer día de su mandato mostró la decisión de conducir a todas las fuerzas del Estado, incluidas las que portan armas, como no lo había hecho nadie desde la conclusión de la dictadura. La Armada no quiere ser prisionera del pasado, arroja lastre y se avoca a sus misiones específicas y a todas las que se le ordenen dentro de la Constitución y la ley, en una Argentina democrática y republicana. La sociedad que padeció sus extravíos de ayer puede darle hoy una generosa bienvenida.»

La actitud de los mandos actuales de la marina de guerra argentina con relación a los hechos del pasado contiene también un claro sentido ejemplarizante: las nuevas camadas de oficiales no se sienten obligadas a cargar con el pesado lastre moral de los años de plomo.

La vigencia ética de esta valiente actitud es extensible a las circunstancias uruguayas en contraposición con la actitud fosilizada e inmovilista asumida por el poder político colorado y blanco y reproducida, una y otra vez, por los altos oficiales que esas mismas elites políticas colocan al frente de las fuerzas armadas. *

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