Cuestiones programáticas que le dicen

En las últimas semanas el lenguaje cotidiano de los dirigentes de los partidos tradicionales se ha enriquecido con la «importación» de nuevos e interesantes giros verbales.

Las disputas han dejado definitivamente de ser por los cargos, y los forcejeos por espacios de poder han pasado finalmente a la historia: ahora los acuerdos y los desacuerdos, las alianzas que se gestan y los acercamientos que capotan, son por razones programáticas.

La ubicua palabreja pone un toque de distinción en la, a la vez, tensa y discreta ágora del mentidero político.

Por momentos parecería que todos los partidos políticos del país, sin excepción, han adoptado las formas de acción política de la izquierda y se proponen ingresar al debate electoral munidos de sendas enumeraciones programáticas.

Lo que resulta interesante de la cuestión es que entre los que se proponen innovar desplegando su evangelio programático están dirigentes y fracciones políticas que forman parte del gobierno, que han respaldado todas y cada una de las medidas administrativas, económicas y políticas del actual gobierno, con los desastrosos resultados para la ciudadanía de sobra conocidos.

La innovación, no obstante, no deja de significar un cierto paso adelante, una mejoría interesante en las prácticas políticas de los partidos.

El quid de la cuestión radica en cuál será el origen y cuál el destino de esos acuerdos programáticos.

En ese sentido la izquierda progresista ha instalado con fuerza un estilo de elaboración programática que vale la pena analizar.

La existencia de un gran número de núcleos de trabajo por áreas, las llamadas Unidades Temáticas, impulsadas desde hace años por el doctor Tabaré Vázquez, ha sido un motor importante en el desarrollo de un pensamiento propio.

En primer lugar, una toma de conciencia de la situación real del país, según cada esfera de la compleja estructura social, económica y cultural.

La presencia de técnicos calificados, de gremialistas, de empresarios y técnicos que han revistado en asociaciones de productores, de académicos y militantes sociales, ha permitido al Frente avanzar en la construcción de su propia visión del país.

Una comisión central de programa, integrada por dirigentes de primer nivel, articuló los esfuerzos preocupándose por cumplir los plazos que hicieran posible la discusión por una gran masa de frenteamplistas.

Las propuestas programáticas, redactadas y revisadas con atención técnica y con el respaldo de las fuerzas políticas, conocieron luego la prueba de su discusión pública en un congreso nacional abierto a la prensa, donde se deliberó de manera franca y libre.

Como resultado de esa labor intensa y de largo aliento, las Unidades Temáticas hace más de cinco años que están trabajando, y el Frente Amplio-Encuentro Progresista cuenta con una base de propuestas amplia y rica con la que orientar su mensaje preelectoral a la ciudadanía.

Una base seria y firme, además, desde la cual elaborar los lineamientos de un programa de gobierno con el cual comprometerse con la ciudadanía. Y para después ser, obstinadamente, devotos cumplidores de esos compromisos asumidos con el pueblo.

Esa parece ser una de las claves de la situación: ¿un programa para qué? ¿Para adornar discursos con palabras bonitas? ¿Para revelar la adopción novelera de los giros que las nuevas retóricas ponen de moda?

¿O un programa solemnemente enunciado para dejar luego, una vez en el gobierno, el pellejo en su cumplimiento?

Las «cuestiones programáticas» han entrado por la puerta grande de la vida nacional. Bienvenidas sean si con ellas traen una forma de acción política basada en la disposición irrenunciable de servir al pueblo, de respetar al soberano, de hacer verdad el verbo democrático. *

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