Magia musical
La semana pasada culminó el ciclo encarado por la orquesta filarmónica municipal con el título de «Adagio a Zitarrosa». Fue en los jardines del Cilindro Municipal. Y –tal como había ocurrido en la Explanada municipal, en el lago del Parque Rodó y en el Memorial de los desaparecidos– una verdadera multitud se reunió desde la tarde para asistir al milagro.
Con la sabia guía de la guitarra de Mario Núñez y la dirección de Federico García Vigil, pudimos escuchar, en la noche de verano estrellada y tibia, surgir la voz entrañable de Alfredo, luego de su recuerdo recitado en la expresión y la letra de Bécquer Puig, su gran amigo. Invocó para nosotros a Estefanie; renunció al amor en la milonga para una niña; nos trajo nuevamente a Becho y su violín; y, luego de un repaso selecto de obras propias y ajenas, volvió a desgarrarnos con el Adagio a mi país.
La reacción entusiasta del público, numerosísimo, fue maravillosa. Alguien dijo que fue una noche de nostalgia. Yo creo que sí, que puede ser, que es válida la definición quizás, para quienes lo conocimos y transitamos cierto período de vida juntos. Pero esa masa abigarrada de uruguayos de toda condición, edad y credo, que lloró, escuchó meditando, aplaudió los primeros acordes reconocidos de cada canción, se sintió impulsada a abrazar y besar, vivió un momento de identificación con un cantor, que –como dice Ana– le puso palabras a nuestros sentimientos y las cantó. Fue un verdadero sujeto trascendente.
Se ha remarcado mucho el logro tecnológico alcanzado en el espectáculo. Yo no le asigno tanta importancia, habida cuenta de la puntillosidad que tuvo Zitarrosa a lo largo de toda su carrera para guardar celosamente grabada cada actuación, cada ensayo, identificados con su fecha, lugar y participantes. Y en las grabaciones de estudio, reclamando la cinta madre con doce o dieciséis pistas por donde transcurren independientes la voz del cantor y cada uno de los instrumentos. Desde el punto de vista técnico, se podría decir que Alfredo anticipó este espectáculo que los montevideanos pudimos disfrutar y ojalá que se transforme en disco.
Lo extraordinario de quienes armaron este espectáculo, ha sido la oportuna conexión detectada y transmitida, entre la voz de Alfredo saliendo libremente una vez más, con un acompañamiento musical especialísimo, arropados todos por el cariño y el reconocimiento de todos aquellos que seguimos siendo destinatarios de su mensaje muy humano y, por lo tanto, muy político.
En épocas de tanta globalización, de tanta exaltación de la emigración-derrota como forma de salvarse cada uno, de tanto pesimismo en síntesis, es bueno que nos sintamos identificados con nuestro ser nacional, con nuestra uruguayez, nuestra rebeldía, nuestra tristeza que alimenta esperanzas porque no se da por vencida, que tan bien encarnan Alfredo Zitarrosa y su obra. *
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